viernes, 23 de octubre de 2009

CULTURA SEXUALIZADA (III)

LA ENTREGA EN LAS RELACIONES SEXUALES


El noviazgo exige el ejercicio de la responsabilidad; pero no de una responsabilidad aparente, subjetiva. No es esa “responsabilidad” que hace decir “Nosotros sabemos lo que hacemos”. Esta es la más barata aplicación de la responsabilidad que, en último término, más que responsabilidad, es libertinaje y ese “Nosotros sabemos lo que hacemos” se convierte en “nosotros hacemos lo que se nos venga en gana, lo que queremos”.


La verdadera responsabilidad es aquella que, en el amor, no permite que se haga lo que se quiera, sino lo que se debe; que se haga en libertad responsable y que, en consecuencia, se asuman los derivados de la acción. Responsabilidad equivale a libertad madura, voluntad fuerte e inteligencia sagaz.


La peor mentira, lo que destruye el amor verdadero es, cuando en el noviazgo, uno pide al otro “la prueba de que me amas” que en otras palabras es “Vamos a la cama y demos rienda suelta a nuestras pasiones”.


Cuando esto ocurre, el amor comienza a morir; porque la intimidad genital, esa expresión máxima de la sacralidad del cuerpo, que era lo único que quedaba por descubrir ha sido ya desvelado y, entonces, ya no hay nada nuevo y la vida se convierte en una rutina viciosa y degradante. Es por este motivo que muchos noviazgos terminan pronto y no logran madurar hasta el matrimonio y, los que llegan, muchas veces, acaban pronto y mal.


Vale la pena esperar. Es propio de una persona responsable hacerlo; es propio de una persona libre no dejarse arrastrar por las pasiones; es propio de inteligentes no dejar que la pasión oscurezca la razón. Te animas? Vale la pena esperar y descubrir en amor verdadero lo más sagrado de la persona que amas. Si de verdad amas a tu novio, si de verdad amas a tu novia, no le pidas que te de “la prueba del amor”, mejor vivan en el amor siendo responsables, madurando en el conocimiento de sí mismos y creciendo como personas. Alguno podrá objetar: Pero si “lo hacemos por amor…” Será este el tema de la próxima publicación. Déjame tus comentario o envíamelos directamente a mi correo (rivasreynaldo@gmail.com) y ampliemos horizontes.

sábado, 21 de febrero de 2009

CULTURA SEXUALIZADA (II)


¿Y LAS RELACIONES SEXUALES, ENTONCES QUÉ?

En la publicación anterior sostenía el hecho evidente del influjo del libertinaje sexual exagerado en todos los ambientes que nos rodean. En esta publicación pretendo hacer una somera exposición sobre el tema de las relaciones sexuales.

"Hacer el amor" es una frase que lleva sus años de andar en circulación. Desde que saltó a la calle, en el auge de los jipis, ha corrido con "éxito". La oye uno en el cine y en la conversación, la dicen los adultos, mucho más los jóvenes y, para colmo, todos se la creen. Porque "hacer el amor" no es hacer el amor sino el sexo, la actividad genital, que es diferen­te.

Quizá ninguna palabra ha sido tan prostituida como esta del “amor” sofocada con frecuencia sobre cosas que nada tienen que ver con él, sobre pobres aventuras de antiamor o, cuando menos, del más triste desamor. Nadie está contra el sexo, que es un aspecto del misterio y de la grandeza de la persona, sino contra el hecho de desvincularlo del amor, de la esen­cia de la personalidad, de los dictados de la ética y de sus consecuencias sociales.

Por eso es preciso distinguir entre sexo y amor. Ninguno podría tachar de moralina barata, la doctrina del ilustre filósofo pagano Séneca: "Si la sexualidad fuera la felicidad, las bestias serían más felices que los hom­bres". Puede haber sexo sin que haya amor, y eso sucede todos los días en encuentros ocasionales y, comercializados entre personas desconoci­das. Al amor no le satisface la unión pasajera de los cuerpos, sino la fusión permanente de los espíritus. El sexo, aislado del amor, hastía.

Por otra parte, el sexo sin amor es egoísmo refinado, ya que no busca la verdadera felicidad de la otra persona, sino la individual satisfacción y la consumación de un apetito fugaz para el que tiene que usar a la otra per­sona como envase desechable.

Pero, ¿Qué entendemos por amor?

Los diccionarios se quedan cortos al intentar dar una definición de amor. Y es que, ciertamente, el amor, más que un sentimiento, es una decisión de entrega. De hecho, la característica principal del amor es la donación de sí mismo a la persona amada. Esta donación exige reciprocidad, de modo que, entonces, el amor se convierte en una necesidad vital. No se puede vivir sin amar. Muchos aman erróneamente, pero dicen que aman. Eso demuestra que todo ser humano necesita amar y ser amado. En el acto de amar, lo que menos interesa es el beneficio personal. Se trata a la otra persona no como objeto, sino como verdadero sujeto de amor a quien uno se entrega porque entregándose se plenifica.

Ahora bien, habiendo expuesto una aproximación a la concepción verdadera del amor y sin tratar el aspecto moral de una relación sexual, examinemos atentamente si en verdad se “Hace el amor” cuando se practica el sexo. He de decir que a la Iglesia Católica se le tacha de retrógrada frente a esta situación, porque ella sostiene que se ha de tener relaciones sexuales hasta el matrimonio. Antes de tomar posturas, les invito a que reflexionemos sobre esta realidad.

Cuando se tienen relaciones sexuales prematrimoniales, lo que se busca no es el fin primario y original que ellas conllevan, es decir, el de la procreación y unidad del hombre y la mujer. Lo que se busca es, en realidad, la satisfacción pasional del impulso carnal. De modo que el amor – que cumpliría con el doble fin de una relación sexual – no es amor sinceramente, sino descarga del apetito sexual. Entonces, si lo que se busca es solo satisfacer el instinto sexual, ¿Será que podemos hablar de que se está “Haciendo el amor”?

Cuando la Iglesia Católica dice que la relación sexual es auténticamente plena solo dentro del matrimonio, ¿Será que tiene razón o es en realidad una vieja desfasada que se quedó haciendo muñequitos de plastilina cuando los jóvenes ya están haciendo experimentos científicos? Yo no me atrevería a afirmar esto. Los que no son católicos o no profesan religión alguna o, simplemente, se creen indiferentes en cuestiones religiosas quizá dirán que la cuestión moral solo atañe a aquellos que profesamos una fe, que creemos en Dios o que vamos a la Iglesia. Yo les digo que no. No es solo para nosotros la cuestión moral, pues la ley moral está inscrita en el corazón del hombre independientemente si se da cuenta o no.
Lo natural de las relaciones sexuales es que el acto sexual, para que sea completo, termine – obligatoriamente – con la expulsión de la semilla de la vida (eyaculación). La eyaculación, por naturaleza, tiene como fin fecundar el óvulo. Es este el curso natural-biológico del acto sexual. La fecundación del óvulo, significa una nueva vida. Ahora bien, tomando en cuenta estos detalles, ¿será posible hablar de una auténtica relación sexual previa al matrimonio, cuando constatamos que en esas aventurillas sexuales no se busca la apertura a la vida, sino solo la satisfacción pasional? Al aspecto de la fecundación agrego que, la relación sexual mira a la unión del hombre con la mujer; pero si el acto sexual solo se da como un acto aislado que busca solo satisfacer el apetito sexual y luego cumplir con lo que el viejo refrán dice Si te vi, no me acuerdo, ¿Será posible hablar que se pueden tener relaciones sexuales antes del matrimonio?

Ahora bien, si a estos dos fines – procreación y unión – tiende por naturaleza la relación sexual, es lógico y evidente que la plena realización se dé solo en el matrimonio. Quizá estos dos motivos no justifican el por qué solo dentro del matrimonio son válidamente plenas las relaciones sexuales y, a este momento, surge una nueva interrogante ¿Por qué debo esperar hasta el matrimonio?

¿Y las relaciones sexuales, entonces qué? Dígase lo que se quiera, nadie se opone al amor, sino a esa mentira de quienes dicen que aman cuando en rigor se aman a sí mismos. Es evidente que al mundo le falta amor, pero le sobra sexo.

Con esta perspectiva, te invito a que en la próxima publicación ampliemos criterios sobre el tema de La entrega en las relaciones sexuales.

viernes, 23 de enero de 2009

CULTURA SEXUALIZADA (I)


POR UNA INTRODUCCIÓN...

Este primer fondo respecto a temas sobre la sexualidad, es la introducción a una serie de publicaciones que iré haciendo paulatinamente. Les agradeceré enormemente que dejen sus comentarios, expongan sus dudas, me den sus opiniones, a fin de lograr ampliar horizontes y poder ayudar a los demás.

En muchas ocasiones reprimida, criticada, estigmatizada y considerada incluso como tabú por ultrareligiosos, conservadores, fanáticos y por ciertos sectores de la sociedad, en nuestros días la sexualidad (y esto para nadie es un secreto aunque algunos prefieran ignorarlo o no darse por aludidos), vive una etapa de práctico desenfreno, se ha vuelto una obsesión para muchas personas y, de un puritanismo exacerbado y estricto, se ha pasado al extremo contrario, a auténticas muestras de libertinaje. La sociedad actual está sexualizada hasta límites muy elevados. La publicidad utiliza el sexo para vender cualquier producto; los jóvenes reclaman más educación sexual, más libertad para expresar su sexualidad, los padres se encuentran sobrepasados al darse cuenta de que les falta mucho por aprender, las autoridades políticas y religiosas chocan en sus concepciones y en sus respectivas posturas sobre la sexualidad… y la ignorancia o la confusión son algo generalizado.

La hipersexualización de nuestra sociedad, que va íntimamente unida a muchos problemas relativos a la sexualidad de los hombres y las mujeres, es una consecuencia clara y directa del mal llamado ‘progreso’, del auge de la civilización industrial, cada vez más competitiva y exigente, del ‘amontonamiento’ de los seres humanos en enormes metrópolis. Los seres humanos nos hemos olvidado de cómo era la vida hace apenas algunas generaciones, la vida en zonas rurales y campesinas donde primaba el contacto con la Naturaleza, los valores de lo auténtico. Ahora hombres y mujeres trabajan en grandes urbes casi como esclavos. Hemos construido nosotros mismos, o hemos aceptado que nos las construyeran, auténticas oficinas-prisión, auténticas fábricas que nos esclavizan. Hemos logrado crear una sociedad industrializada y tecnificada, con la idea -profundamente equivocada- de que gracias a ella viviríamos mejor. Y lo único que hemos logrado ha sido que esta misma sociedad industrializada, para maximizar nuestro rendimiento tanto de productores-trabajadores como de consumidores de todo cuanto esa sociedad nos ofrece, estableciera toda una serie de normas -por supuesto no escritas-, de condicionamientos, de nuevos roles, según los cuales nada debe distraer al productor/consumidor (o sea, cada uno de nosotros) de su tarea, nada debe ralentizar ni impedir que llegue a los máximos niveles de productividad para lograr así su máximo rendimiento (para explotarlo al máximo, en otras palabras). Hombres y mujeres nos hemos enclaustrado en esa escala de valores erróneos, deshumanizándonos cada vez más.

¿Qué le queda entonces, a ese hombre o a esa mujer, para mantener despierto un mínimo de su interés, de su ‘humanidad’ en todo el sentido de la palabra? No es la cultura, ni el deporte, aunque este último tenga un gran poder de convocatoria de masas… Es el sexo, la necesidad del sexo, la práctica del sexo. Cine, televisión, espectáculos, tienen al sexo como algo omnipresente. El sexo parece ser para el hombre y la mujer del siglo XXI una de las pocas maneras de escaparse, de evadirse del aburrimiento, del tedio y del cansancio y, por qué no decirlo, de las penas y decepciones que les causa la rutina del trabajo cotidiano, que los absorbe y esclaviza en gran medida…

Estamos asistiendo, por tanto, a una fuerte sexualización de la cultura. En nuestro mundo, por todos los medios posibles y, especialmente, los de comunicación social estamos siendo bombardeados por una fuerte corriente de libertinaje sexual desenfrenado con incentivos provocadores y evocadores de una vida sexual en aparente libertad que invitan a vivir un estilo de vida libidinosa y sin ningún reparo en el auténtico contenido de la sexualidad. Y digo en aparente libertad porque la sexualidad, así vivida, esclaviza y, lejos de humanizar, deshumaniza, reduciendo al ser humano a objeto de sus instintos y pasiones sexuales que busca satisfacerlas por cualquier medio y de cualquier forma.

Con todo esto, el culto al cuerpo se abre paso y se impone como la medida rectora para la convivencia social. Es de tal dimensión su influjo que de ello depende la aceptación o no aceptación de muchos en el círculo de “amigos”.

Por su parte, los Gobiernos de muchos países piden “Libertad” completa para que cada uno viva la sexualidad como quiera. Así, nos encontramos con grupos radicales feministas, machistas, gay’s, lesbianas, etc. Parece que los conceptos de Hombre-Mujer originales se diluyen en una gama de ofertas y dan paso a los de Homosexual, Bisexual, Transexual y todas las denominaciones posibles, tanto en hombres como en mujeres.

Es común escuchar frases tales como: “Eres libre”, “Lo puedes hacer”, “Haz la prueba”, “Como si no fueras normal”, “Eso es normal”, “No es pecado”, etc., refiriéndose a la actividad sexual. Ahora surge la pregunta: ¿Y las relaciones sexuales, entonces qué? Será este el tema de la próxima publicación. Te invito a que juntos ampliemos horizontes y busquemos respuestas a las interrogantes.

sábado, 10 de enero de 2009

EL INELUDIBLE SENTIDO DEL FUTURO



Lo que define con mayor propiedad al ser humano es su ineludible necesidad de felicidad, amor, alegría, paz, belleza, en términos insaciables y de plenitud. Supone la apertura y la aspiración a trascenderse. Se expresa a través del arte, la religión, las grandes obras o epopeyas de la humanidad. Tiene mucho que ver con la mística porque supone un interrogante hacia lo trascendente. Está presente en poesía de San Juan de la Cruz o Rabindranath Tagore y es lo que Urs von Balthasar definía como la confianza fundamental impresa en el ser humano desde la infancia, la expresión de su estructura débil pero con sed del infinito.


La esperanza es una característica de la persona. Va unida a la utopía, a propuestas todavía no realizadas pero que podrían llegar a ser. Así, podemos ver dos características de la esperanza: “Caminar hacia” y “Todavía no”. La esperanza solo es plena si el deseo que la fundamenta está orientado hacia. Si no hay orientación, en lugar de esperanza hay vacío y perplejidad, pero al mismo tiempo, La esperanza se sitúa en el espacio del todavía – no. El futuro contiene lo temido y lo esperado pero si sólo damos rienda suelta a lo temido, tenemos miedo a la esperanza.


El siglo XX ha dado sobrados motivos para el pesimismo; pero hay tantas personas que siguen esperando. El cristiano sigue creyendo, contra toda esperanza, que el fin último de la humanidad no es la muerte sino la resurrección. Muchos otros, han intentado dar explicación cabal de los interrogantes, de todas estas “esperanzas secularizadas”, pero esos intentos se han convertido en boomerang para quienes las promovieron. Prevaleciendo el noble principio según el cual La religión ofrece al hombre un triunfo, la esperanza definitiva que de ninguna manera la razón puede dar. En efecto, las religiones han dado a la esperanza un horizonte de salvación trascendente, pues, según afirma Blondel, La acción humana implica una disposición innata hacia la apertura ontológica. Nuestro deseo de lo sobrenatural es natural y siempre actual. Todo lo creado posee una gravitación escatológica como si estuviera preñado de esperanza. Al ser humano le corresponde la función mayéutica sobre la creación para que ésta camine hacia el punto omega.

sábado, 20 de diciembre de 2008

HACIA LA NAVIDAD



No había comenzado el mes de noviembre y, ya el comercio de la temporada navideña, pululaba en los supermercados. En cuanto se iba acercando diciembre, esto aumentaba y, hoy, vemos cómo por todas partes nos encontramos con diversas manifestaciones de este espíritu navideño.


Ciertamente, los negocios no pueden dejar pasar esta “oportunidad” para hacer de las suyas; y así, encontramos las más variadas “ofertas” del mercado que van desde el más bajo precio hasta los más altos. En este panorama, vemos tanta gente moviéndose en los supermercados para adquirir sus productos que van desde “el regalo” para las personas queridas a los juguetes de los niños; de los juegos de luces artificiales a la adquisición de la discografía propia de la temporada; desde los diferentes sabores para la cocina a la ropa nueva; desde los electrodomésticos para el hogar hasta –quizá- un pesebre. De igual modo, nos encontramos con que, medio mundo, planea sus vacaciones, amigos que visitar, viajes que realizar, etc.


Vemos, también, muchos hogares decorados con un árbol, en cuya cúspide fulgura una estrella artificial, un “Santa Claus” colgado de la ventana y, de vez en cuando, un pesebre cuidadosamente preparado. No pueden faltar, ni menos, las tarjetas de “Feliz Navidad”, Próspero Año Nuevo, los abrazos, las llamadas telefónicas a los seres queridos que están lejos, el envío de cartas, etc.


Todo esto es muy bueno e indica que en el hombre subsiste algo que le impulsa a operar estas manifestaciones. Esa realidad antropológica que llamamos fiesta y que define el deseo de compartir y de estar con otros, propio del ser humano, es la realidad incipiente que sale a la luz en estos días.


PERO, por otro lado, vemos a todo el mundo envuelto en una “Grave Crisis Económica”, como la han llamado los economistas; vemos a tantas familias que no tendrán ni techo ni pan ni algo para beber en esta Navidad; tantos niños que dormirán en la calle sin recibir un regalo, mientras en los grandes y pequeños supermercados medio mundo corre a desembolsar su poco o mucho dinero para “pasarla bien”.
A esto añadimos algo más, que me parece lo peor: Toda esta fiesta, toda esta preparación, todo el movimiento, el pesebre mismo que preparamos y la estrella que alumbra, ¿Por qué lo hacemos? Qué terrible es cuando se programa una fiesta y no se invita al festejado, es lo más insulso carente de sentido. Es a esto que llamo la Hipocresía del mundo.
Hace algún tiempo, en un pueblo desconocido de una nación desconocida, de una joven Virgen desconocida, nación un Desconocido que debería ser el centro de estas fiestas. Y digo Desconocido porque es la triste realidad de nuestros días y de todos los tiempos. Ese Pequeño Desconocido – llamado Emmanuel – nacido en un lugar y nación desconocidos y de Familia, también, desconocida es el que sustenta y sostiene el correr de la historia; el que da sentido a nuestra vida, por el que se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad, el que quiso hacerse hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegaran a ser hijos de Dios. Es Él el festejado en estas fiestas de Navidad ¿Lo invitarás a tu Fiesta? Solo haces no puedes permanecer indiferente…

lunes, 8 de diciembre de 2008

EL SIGLO XX Y LAS ESPERANZAS FRUSTRADAS



El Siglo XX ha sido el que mayores esperanzas ha generado. Esta afirmación, aunque parezca contradictoria tiene toda su validez. Echemos una mirada al pasado belicoso que se ha desarrollado en este siglo: Ha sido el siglo más belicoso de la historia (las guerras mundiales). Después de la Primera Guerra mundial se creyó que todo había pasado, pero en las altas cabezas de mundo se cernía el ímpetu sanguinario con olor a guerra. En efecto, llegó la Segunda Guerra mundial, más sangrienta que la primera, cobrando millones de vidas inocentes. El siglo XX ha hecho verdadera la sentencia de Clausewitz según la cual, la guerra es la continuación de la política con otros medios. Ha sido un siglo de guerra continua, con la pasión de aplicar por la fuerza las nuevas “Utopías” de salvación terrenal: la supremacía de la raza, la sociedad igualitaria, la abolición de la lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino democrático del sufragio universal.


En la otra esfera, el retorno de lo religioso ha supuesto a menudo el retorno de la intolerancia, del dogmatismo e integrismo, del fundamentalismo y fanatismo, del rigorismo moral y disciplinar, de la discriminación de sexos, de la práctica del terrorismo en nombre de Dios, de la lucha sin escrúpulos para alcanzar el poder, de nuevos procesos inquisitoriales contra creyentes que viven de manera diferente su fe.


Las consecuencias aún son nefastas y muchos se han preguntado si aún vale la pena seguir esperando. ¿Qué esperanza queda? Es la pregunta de muchos. Pero vemos y nos damos cuenta que hay motivos de esperanza. Hay signos para creer que “otro mundo ya es posible”. El mundo de hoy está lleno de semillas de esperanza. Ni la naturaleza humana, ni la acción del espíritu han cambiado el devenir de la historia y el Reino que no es de este mundo sigue ahí como sal, como luz, como semilla, padece violencia, está dentro de nosotros.


Ahora bien, se trata de aprender la esperanza, su labor no ceja, el efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud en lugar de angostar, está enamorada del triunfo, no del fracaso (Ernst Bloch). La paradoja de la esperanza, en efecto, es que se hace más viva cuando todo parece más muerto, se nos hace más necesaria cuando las puertas parecen estar cerradas. Es la esperanza contra toda esperanza.


La pequeña esperanza avanza débil entre sus dos hermanas mayores; la Fe es fácil, no se puede vivir sin creer; el Amor también es fácil, no se puede vivir sin amar; pero esperar… esperar que el mundo sea mejor, es difícil (Péguy)

sábado, 8 de noviembre de 2008

LOS VALORES Y EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

La cultura contemporánea y la existencia actual se presenta impregnada de una conciencia desencantada de encontrarse fuera del paraíso, en la prosa del mundo y en la red de discordias irreconciliables. Esta actitud humana, ha sido expresada maravillosamente por el poeta alemán Heinrich Von kleist: “El paraíso está cerrado y el Querubín se halla a nuestras espaldas; tenemos que dar la vuelta al mundo para ver si el paraíso no está, quizá, abierto aún en algún lugar, del otro lado detrás de nosotros.”

El hombre actual es el protagonista pasivo de una escisión que lo aparta de la totalidad de la vida y lo divide incluso en su ser íntimo. Las contradicciones del reciente histórico -entre emancipación y violencia, liberación y desposesión del hombre aislado- parece gritar al individuo que el marco de lucha general no puede recurrir a valores universales, capaces de justificar definitivamente su opción, de una vez por todas. Así, estamos pues, frente a una crisis de valores básicos de la vida humana. Parece que toda opción presenta el riesgo de llevar consigo la conciencia de agravio a quienes ha proferido otra distinta o enfrentado a otra. Como consecuencia de esto, viene la relativización de todos los valores –El relativismo ético- que se presenta, a muchos, hoy día como la única posibilidad de superar ese mal radica que implica las condiciones morales absolutas, la única forma de abandonar la conciencia de culpa que acompaña a toda actuación seria, para alcanzar así una presunta “nueva inocencia” .



Consecuencia de todo esto es la presencia del nihilismo. Al intentar convertir la ausencia de todo valor en premisa para la libertad, el nihilismo constituye la reducción final de todo valor de uso en valor de cambio: liberados los valores de su radicación en una instancia última todos se hacen equivalentes e intercambiables: cada valor se convierte en cualquier otro, todo se reduce a valor de cambio y queda cancelado todo valor absoluto, toda peculiaridad inconfundible o insustituible. Como dice el célebre representante del pensamiento débil Gianni Vattimo, “economismo y relativismo se dan la mano”. Cualquier realidad se puede convertir en cualquier otra, y adquiere de este modo la naturaleza del dinero que puede ser permutado indiferentemente por cualquier cosa la apoteosis del mecanicismo del cambio, extendido a la vida eterna, celebra la desposesión de la persona a la que se arrebata radicalmente su dignidad. Se puede decir con, Edmund Bunke que el dinero, en nuestro mundo, se ha convertido en el sustituto técnico de Dios.



Todo intento de establecer el valor de la dignidad de la persona humana será considerada, entonces, como un agresión injustificable, y resultará por lo tanto ignorado o, si esto no es posible, duramente combatido por los medios de comunicación y por la “cultura” dominante.