lunes, 18 de febrero de 2008

LITURGIA DEL SACRIFICIO

- Preparación de los dones
- Plegaria Eucarística
- Rito de la Comunión

PREPARACIÓN DE LOS DONES

La acción litúrgica queda centrada desde ahora en el altar, al que se acerca el sacerdote. A él se llevan, en forma simple o procesional, el pan y el vino, y quizá también otros dones.
Durante la procesión de ofrendas – si se hace – toda la asamblea se pone en pie y se gira un poco hacia el centro. Se sientan cuando he terminado la procesión y el sacerdote se dirige hacia el altar. Mientras tanto, todos nos unimos al canto de ofertorio.
Llegado al altar, el Sacerdote, hace las oraciones de presentación del pan y del vino, según la fórmula correspondiente[1].
Después el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo.
(Desde el momento de la incensación del pueblo, la postura de toda la asamblea es puestos en pie.)
En seguida el sacerdote se lava las manos, procurando así su purificación interior[2] y, vuelto al centro del altar, solicita la súplica de todos:
El Sacerdote dice: Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre Todopoderoso
Respondemos todos: El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia[3].
El rito de preparación al sacrificio concluye con la oración sacerdotal sobre las ofrendas.

ü PLEGARIA EUCARÍSTICA
La cima del sacrificio de la Misa es la plegaria eucarística. En ningún momento de la Misa la distracción de los participantes vendrá a ser más lamentable. Es el momento de la suma atención sagrada.
Los elementos que constituyen al Plegaria Eucarística son: Prefacio, Santo, Invocación al Espíritu Santo (Epíclesis), Relato y consagración, Memorial y Ofrenda, Invocación al espíritu Santo, Intercesiones, Doxología final.

Para nuestro objetivo (Catequesis mistagógica) nos detendremos solo en las partes que atañen a la participación de los fieles.

Prefacio:
El prefacio viene a ser el grandioso pórtico de entrada a la plegaria eucarística, que se recita o se canta antes, o mejor, al comienzo de la acción eucarística.

Diálogo Introductorio:
Sacerdote: El Señor esté con vosotros
Asamblea: Y con tu espíritu
Sacerdote: Levantemos el corazón
Asamblea: Lo tenemos levantado hacia el Señor
Sacerdote: Demos gracias al Señor, nuestro Dios
Asamblea: Es justo y necesario

El celebrante recita o canta el cuerpo del prefacio, que es una conversación de acción de gracias con Dios Padre.
El prefacio siempre concluye con la recitación del Santo, Santo, Santo. Al que todos nos unimos.

Después del santo viene la cúspide de toda nuestra celebración: La Consagración.
Estamos en pie y nos arrodillamos en el momento en que el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas (Por eso Padre te suplicamos, u otra…)

Al final de la consagración, el sacerdote dice: Éste es el sacramento de nuestra fe

Y todos, puestos en pie, aclamamos: Anunciamos tu, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!
O bien: Aclamad el misterio de la redención: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
O bien: Cristo se entregó por nosotros: Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor.

Luego el sacerdote continúa la plegaria eucarística hasta que, al final, concluye con la doxología (Por Cristo con él y en él…), a la cual todos respondemos con el Amén.

ü RITO DE COMUNIÓN
La primera cumbre de la celebración eucarística es, sin duda, la consagración, en la que el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y la segunda, ciertamente, es la comunión, en la que la Iglesia obedece al mandato de Cristo: Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre.

El Padrenuestro:
El Padrenuestro es la más grande oración cristiana, la más grata al Padre y la que mejor expresa lo que el espíritu Santo ora en nosotros[4], pues es la oración que nos enseñó Jesús[5].
Por eso, en la Misa, la oración dominical culmina en cierto modo la gran plegaria eucarística y al mismo tiempo inicia el rito de la comunión.

El Padrenuestro es rezado o cantado por el sacerdote a una con los fieles. Al final se omite el Amén, pues viene el embolismo que lo desarrolla el sacerdote.

El sacerdote invita a todos a recitar el Padrenuestro.
Finaliza diciendo: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
Sacerdote: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
El pueblo responde: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Rito de la Paz.
Sacerdote: Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos
El pueblo responde: Amén
Sacerdote: La paz del Señor esté siempre con vosotros
El pueblo responde: Y con tu espíritu
Sacerdote: Daos fraternalmente la paz (U otra de las fórmulas prescritas)

Para realizar este gesto, se debe esperar a que el celebrante diga que se den la paz.
Basta realizar este gesto con las personas más cercanas a uno: al que está a la derecha y al de la izquierda y nada más.
No es necesario moverse del puesto para ir a saludar a todo el mundo o a los amigos y familiares que están en algún lugar de la Iglesia.

Al finalizar el rito de la paz, se canta el Cordero y el sacerdote hace la fracción del pan. Luego, el sacerdote, muestra el pan consagrado al pueblo diciendo: este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y todos respondemos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Después que el sacerdote comulga, inicia el canto y la procesión para la comunión. El ministro dice, al dar la comunión: El Cuerpo de Cristo, y el que recibe, responde: Amén

[1] OGMR 102
[2] Ibíd. 52
[3] Ibíd. 107
[4] Rm 8, 15.26
[5] Mt 5, 23-24; Lc 11, 2-4

sábado, 9 de febrero de 2008

Liturgia de la Palabra


LITURGIA DE LA PALABRA: Nuestra postura es Sentados y la actitud es de Escucha.

- Lecturas
- Evangelio
- Homilía
- Credo
- Oración de los fieles


Nos asegura la Iglesia que Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien nos habla[1]. En efecto, cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la Palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración[2].

En la Eucaristía, como sabemos, la Liturgia de la Palabra precede a la Liturgia del Sacrificio, en el que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ese fue el orden que comprobamos ya en le sacrificio del Sinaí[3], en la Cena del Señor o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús[4].

- LAS LECTURAS DE LA PALABRA DE DIOS
Los días feriales en la Misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a: El Profeta, el Apóstol y el Evangelista, como se dice en expresión muy antigua.

- PRIMERA LECTURA
Está tomada del Antiguo Testamento (Los días domingo. Los otros días – feriales – puede ser del Antiguo o del Nuevo Testamento). El Profeta u otro de los libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio[5].
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- SALMO RESPONSORIAL
El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la Lectura – a la lectura primera, si hay dos -. La Iglesia, ya desde el siglo IV, ha usado en la Misa el salmo responsorial, como también el Aleluya, con una clara intención cristológica.

El salmista o el cantor proclama el salmo y el pueblo intercala la respuesta que dice el salmista.

- SEGUNDA LECTURA
En los domingos y solemnidades, hay dos lecturas. El Apóstol, nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro.
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- EVANGELIO
El Evangelio es el momento más alto de la Liturgia de la Palabra. Ante los fieles congregados, Cristo anuncia Su Evangelio[6], y a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su Palabra con la misma realidad que quienes lo oyeron entonces en Palestina.
El momento es, de suyo, muy solemne, y todos los gestos y palabras están llenos de muy alta significación.
Mientras se entona el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario. Luego, con las manos juntas e inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio. Después toma el libro de los evangelios, y precedido por los ministros, que pueden llevar el incensario y los candeleros, se acerca al ambón. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y dice: El Señor esté con vosotros, y en seguida: Lectura del Santo Evangelio según San…, haciendo la Cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho. Luego si utiliza el incienso, inciensa el libro. Después de la aclamación del pueblo (Gloria a Ti, Señor) proclama el Evangelio, y, una vez terminada la lectura, besa el libro diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Después de la lectura del evangelio se hace la aclamación del pueblo: Gloria a ti, Señor Jesús, precedida de la del sacerdote: Palabra del Señor[7].

Postura corporal: Puestos en pie y orientado el cuerpo hacia el ambón
El sacerdote saludo al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros
El pueblo responde: Y con tu espíritu
El sacerdote dice: Lectura del Santo Evangelio, según San…
El pueblo responde: Gloria a ti, Señor
Al fin de la lectura, el sacerdote dice: Palabra del Señor
El pueblo aclama: Gloria a ti, Señor Jesús
Después, todos nos sentamos y con atención escuchamos la Homilía.

- HOMILÍA
La Homilía que sigue a las lecturas de la Escritura ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret[8]. Y desde el principio se practicó también en la Liturgia cristiana, y como al año 153 testifica San Justino[9]. La Homilía, que está reservada al Sacerdote o al diácono[10], y que se hace en la sede o en el ambón[11], es el momento mas alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: el que os oye, me oye[12].
Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación.
Después de la Homilía, todos nos ponemos en pie para hacer nuestra profesión de fe.

- EL CREDO
El Credo es la respuesta más plena que el pueblo cristiano puede dar a la Palabra divina que ha escuchado. Al mismo tiempo que profesión de fe, el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la Resurrección.

- ORACIÓN DE LOS FIELES
La Liturgia de la Palabra termina con la Oración de los fieles, también llamada Oración Universal, que el Sacerdote preside, iniciándola y concluyéndola, en le ambón o en la sede. Ya San Pablo ordena que se hagan oraciones por todos los hombre y especialmente por los que gobiernan, pues Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad[13]. Y San Justino, hacia el 153, describe en la Eucaristía, plegarias comunes que con fervor hacemos por nosotros, por nuestros hermanos, y por todos los demás que se encuentran en cualquier lugar[14].

En la oración de los fieles todos tomamos parte mediante nuestra aclamación: Te rogamos, Señor, óyenos u otra de las prescritas.


[1] SC 7a
[2] OGMR 9
[3] Ex 24,7
[4] Lc 24, 13-32
[5] Heb 1, 1-3
[6] SC 33
[7] OGMR 93 - 95
[8] Lc 4, 16 - 30
[9] I Apología 67
[10] OGMR 61
[11] Ibíd., 97
[12] Lc 10, 16
[13] 1Tim 2, 1-4
[14] I Apología 67, 4-5

jueves, 7 de febrero de 2008

ESTRUCTURA FUNDAMENTAL DE LA MISA


La estructura fundamental de la Eucaristía, desde el principio de la Iglesia, ha sido siempre la misma. Como en la última cena[1], siempre la Eucaristía ha celebrado primero una liturgia de la palabra, seguida de una liturgia sacrificial, en la que el Cuerpo de Cristo se entrega y su Sangre se derrama; y este banquete, sacrificial y memorial, se ha terminado con la comunión.



Pues bien, aquí nosotros analizaremos la celebración eucarística en su forma actual, que ya haya antecedentes muy directos en la segunda mitad del siglo IV, cuando la Iglesia – tras la conversión de Constantino, obtenida ya la libertad cívica – va dando a su liturgia formas comunitarias y públicas más perfectas.
Examinemos, pues, la Misa en sus partes fundamentales:
I. Ritos iniciales
II. Liturgia de la Palabra
III. Liturgia del Sacrificio
IV. Ritos de conclusión

I. RITOS INICIALES: La finalidad de estos ritos es hacer que todos los fieles reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír como conviene la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía[2].



Esta es la primera parte de la Misa y comprende los siguientes pasos:
- Canto y entrada del celebrante
- Veneración del altar
- La Trinidad y la Cruz
- Saludo del celebrante y respuesta de la asamblea
- Acto penitencial
- Señor, ten piedad
- Gloria a Dios
- Oración colecta

CANTO Y ENTRADA DEL CELEBRANTE: Ya en el siglo V, en Roma, se inicia la Eucaristía con una procesión de entrada, acompañada por un canto. Hoy, como entonces, el fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, y elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta[3].

Nuestra posición es estar puestos en pie desde que finaliza la monición y empieza el canto de entrada hasta el momento de la proclamación de la palabra.


VENERACIÓN DEL ALTAR: El altar es, durante la celebración eucarística, el símbolo principal de Cristo. Del Señor dice la Liturgia que es para nosotros sacerdote, víctima y altar[4]. Y evocando, al mismo tiempo, la última cena, el altar es también, como dice San Pablo, la mesa del Señor[5].
Por eso, ya desde el inicio de la Misa, el altar es honrado con signos de suma veneración: cuando han llegado al altar, el sacerdote y los ministros hacen la debida reverencia, es decir, inclinación profunda… el sacerdote sube al altar y lo venera con un beso. Luego, según la oportunidad, inciensa el altar rodeándolo completamente[6].

El pueblo cristiano debe unirse espiritualmente a éstos y a todos los gestos y acciones que el sacerdote, como presidente de la comunidad, realiza a lo largo de la Misa.

LA TRINIDAD Y LA CRUZ: Con este formidable Nombre Trinitario, por el cual fue creado el mundo y por el que nosotros nacimos en el Bautismo a la vida divina, se inicia la celebración eucarística. Los cristianos, en efecto, somos los que invocamos el nombre del Señor[7]. Y lo hacemos ahora, trazando sobre nosotros el signo de la cruz, de esa cruz que va a actualizarse en la Misa. No se puede empezar mejor.

Todos se santiguan en silencio, excepto el celebrante.
Solamente el Sacerdote dice: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo
El pueblo responde: Amén
La palabra Amén es, quizá, la aclamación litúrgica principal de la Liturgia cristiana, procede de la Antigua Alianza[8] y, según los diversos contextos, significa así es, esa es la verdad, así sea.



SALUDO: El Señor nos lo aseguró: Donde dos o tres estén congregados en mi Nombre, allí estoy Yo presente en medio de ellos[9]. Y esta presencia misteriosa del Resucitado entre los suyos se cumple especialmente en la asamblea eucarística. Por eso el saludo inicial del sacerdote, en sus diversas fórmulas, afirma y expresa esa maravillosa realidad.
El Celebrante dice: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos ustedes (U otra de las fórmulas prescritas)
Y todos respondemos: Y con tu espíritu



ACTO PENITENCIAL: Moisés, antes de acercarse a la zarza ardiente, antes de entrar en la Presencia divina, ha de descalzarse, porque entra en una tierra sagrada[10]. Y nosotros, los cristianos, antes que nada, para celebrar dignamente estos sagrados misterios, debemos solicitar primero el perdón de nuestras culpas.
El acto penitencial, comprende los siguientes pasos:
- Una invitación del celebrante a reconocernos pecadores y al arrepentimiento
- Breve silencio para el examen interior
- Petición de perdón
- Plegaria sacerdotal que invoca la misericordia divina.



El sacerdote dice: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados (U otra de las fórmulas prescritas)
Se hace una breve pausa de silencio. Después todos en común hacen la confesión de sus pecados por medio del Yo confieso… y al final de éste no se dice Amén
El sacerdote concluye solo: Dios todo poderoso…
El pueblo responde: Amén



SEÑOR, TEN PIEDAD: Con frecuencia los Evangelios nos muestran personas que invocan a Cristo, como Señor, solicitando su piedad[11]. En este sentido, los Kyrie eleison, pidiendo piedad, son, por una parte, prolongación del acto penitencial precedente; pero por otra parte son proclamación gozosa de Cristo como Señor del universo, y, en este sentido, viene a ser prólogo del Gloria que sigue luego.
Lo proclama el celebrante y el pueblo responde o el coro o asamblea, celebrante y coro al unísono.



GLORIA A DIOS: Es un antiquísimo y venerable himno (S. IV pasó a occidente) con que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero, y le presenta sus súplicas… Se canta o se recita los Domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas
Esta gran oración es rezada o cantada juntamente por el sacerdote y el pueblo.



ORACIÓN COLECTA: Para participar bien en la Misa es fundamental que esté viva la convicción de que es Cristo glorioso el protagonista principal de las oraciones litúrgicas de la Iglesia. El sacerdote es, en la Misa, quien pronuncia las oraciones, pero el orante principal, invisible y quizá inadvertido para tantos, es el Señor[12].
El sacerdote dice: Oremos… Luego se hace un momento de silencio y, después, el sacerdote, con las manos extendidas, recita la oración.
Todos respondemos, al final: Amén.
Una vez dicha la Oración Colecta, todos nos sentamos para la Liturgia de la Palabra[13].



[1] Mt 26, 20ss
[2] OGMR, 24
[3] Ibid., 25
[4] Pref. Pascual V
[5] 1Cor 10, 21
[6] OGMR 84 - 85
[7] Cfr. Gn 4, 26 ; Mc 9, 3
[8] Dt 27, 15-26; 1Crón 16, 36; Neh 8,6
[9] Mt 18, 19
[10] Ex 3, 5
[11] Mt 15, 22: La Cananea pide piedad. 20, 30-31: El ciego de Jericó. Lc 17,13: Los diez leprosos
[12] Jn 21,7
[13] La postura corporal durante los ritos iniciales es puestos en pie.


sábado, 2 de febrero de 2008

Catequesis Mistagógica de la Santa Misa. Preliminares


La Iglesia siempre ha comprendido que su centro vivificante está en la Eucaristía, que hace presente a Cristo continuamente, en el Sacrificio Pascual de la redención. En la Santa Misa, el mismo Autor de la gracia se manifiesta y se da a sus fieles, santificándoles y comunicándoles su Espíritu. El Concilio Vaticano II afirma, por ello, con verdadera insistencia que la Eucaristía es fuente y cumbre de toda la vida cristiana[1]. Ella es, secretamente, como decía Pablo VI, el corazón de la vida de la Iglesia (Mysterium fidei). Como la sangre fluye a todo el cuerpo desde el corazón, así del Corazón de Cristo en la Eucaristía fluye la gracia a todos los miembros de su cuerpo.


La celebración de la Misa — afirma la Ordenación General del Misal Romano – como acción de Cristo y del Pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local y para todos los fieles individualmente, ya que en ella se culmina la acción con que Dios santifica, en Cristo, al mundo y el culto que los hombres tributan al Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios. En ella, además, se recuerda a lo largo del año los misterios de la redención de tal manera que, en cierto modo, estos se nos hacen presentes. Así pues, todas las demás acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana, se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan[2].


Hay que reconocer, sin embargo, que, a pesar de esa centralidad indudable, son pocos los cristianos que tienen acerca de la Eucaristía un conocimiento de fe suficiente.
Todos debemos ser muy conscientes de que la mejor formación espiritual cristiana está en aprender a participar plenamente de la Eucaristía. En efecto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a si mismos al ofrecer la hostia inmaculada no solo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí[3].
Con el objetivo, pues, de lograr una mejor participación en el sacramento del amor, vamos a hacer un recorrido por las diferentes partes de la Misa.


[1] LG, 11a
[2] OGMR, 1
[3] Ibíd. 48