
El Siglo XX ha sido el que mayores esperanzas ha generado. Esta afirmación, aunque parezca contradictoria tiene toda su validez. Echemos una mirada al pasado belicoso que se ha desarrollado en este siglo: Ha sido el siglo más belicoso de la historia (las guerras mundiales). Después de la Primera Guerra mundial se creyó que todo había pasado, pero en las altas cabezas de mundo se cernía el ímpetu sanguinario con olor a guerra. En efecto, llegó la Segunda Guerra mundial, más sangrienta que la primera, cobrando millones de vidas inocentes. El siglo XX ha hecho verdadera la sentencia de Clausewitz según la cual, la guerra es la continuación de la política con otros medios. Ha sido un siglo de guerra continua, con la pasión de aplicar por la fuerza las nuevas “Utopías” de salvación terrenal: la supremacía de la raza, la sociedad igualitaria, la abolición de la lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino democrático del sufragio universal.
En la otra esfera, el retorno de lo religioso ha supuesto a menudo el retorno de la intolerancia, del dogmatismo e integrismo, del fundamentalismo y fanatismo, del rigorismo moral y disciplinar, de la discriminación de sexos, de la práctica del terrorismo en nombre de Dios, de la lucha sin escrúpulos para alcanzar el poder, de nuevos procesos inquisitoriales contra creyentes que viven de manera diferente su fe.
Las consecuencias aún son nefastas y muchos se han preguntado si aún vale la pena seguir esperando. ¿Qué esperanza queda? Es la pregunta de muchos. Pero vemos y nos damos cuenta que hay motivos de esperanza. Hay signos para creer que “otro mundo ya es posible”. El mundo de hoy está lleno de semillas de esperanza. Ni la naturaleza humana, ni la acción del espíritu han cambiado el devenir de la historia y el Reino que no es de este mundo sigue ahí como sal, como luz, como semilla, padece violencia, está dentro de nosotros.
Ahora bien, se trata de aprender la esperanza, su labor no ceja, el efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud en lugar de angostar, está enamorada del triunfo, no del fracaso (Ernst Bloch). La paradoja de la esperanza, en efecto, es que se hace más viva cuando todo parece más muerto, se nos hace más necesaria cuando las puertas parecen estar cerradas. Es la esperanza contra toda esperanza.
La pequeña esperanza avanza débil entre sus dos hermanas mayores; la Fe es fácil, no se puede vivir sin creer; el Amor también es fácil, no se puede vivir sin amar; pero esperar… esperar que el mundo sea mejor, es difícil (Péguy)
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