
No había comenzado el mes de noviembre y, ya el comercio de la temporada navideña, pululaba en los supermercados. En cuanto se iba acercando diciembre, esto aumentaba y, hoy, vemos cómo por todas partes nos encontramos con diversas manifestaciones de este espíritu navideño.
Ciertamente, los negocios no pueden dejar pasar esta “oportunidad” para hacer de las suyas; y así, encontramos las más variadas “ofertas” del mercado que van desde el más bajo precio hasta los más altos. En este panorama, vemos tanta gente moviéndose en los supermercados para adquirir sus productos que van desde “el regalo” para las personas queridas a los juguetes de los niños; de los juegos de luces artificiales a la adquisición de la discografía propia de la temporada; desde los diferentes sabores para la cocina a la ropa nueva; desde los electrodomésticos para el hogar hasta –quizá- un pesebre. De igual modo, nos encontramos con que, medio mundo, planea sus vacaciones, amigos que visitar, viajes que realizar, etc.
Vemos, también, muchos hogares decorados con un árbol, en cuya cúspide fulgura una estrella artificial, un “Santa Claus” colgado de la ventana y, de vez en cuando, un pesebre cuidadosamente preparado. No pueden faltar, ni menos, las tarjetas de “Feliz Navidad”, Próspero Año Nuevo, los abrazos, las llamadas telefónicas a los seres queridos que están lejos, el envío de cartas, etc.
Todo esto es muy bueno e indica que en el hombre subsiste algo que le impulsa a operar estas manifestaciones. Esa realidad antropológica que llamamos fiesta y que define el deseo de compartir y de estar con otros, propio del ser humano, es la realidad incipiente que sale a la luz en estos días.
PERO, por otro lado, vemos a todo el mundo envuelto en una “Grave Crisis Económica”, como la han llamado los economistas; vemos a tantas familias que no tendrán ni techo ni pan ni algo para beber en esta Navidad; tantos niños que dormirán en la calle sin recibir un regalo, mientras en los grandes y pequeños supermercados medio mundo corre a desembolsar su poco o mucho dinero para “pasarla bien”.
A esto añadimos algo más, que me parece lo peor: Toda esta fiesta, toda esta preparación, todo el movimiento, el pesebre mismo que preparamos y la estrella que alumbra, ¿Por qué lo hacemos? Qué terrible es cuando se programa una fiesta y no se invita al festejado, es lo más insulso carente de sentido. Es a esto que llamo la Hipocresía del mundo.
Hace algún tiempo, en un pueblo desconocido de una nación desconocida, de una joven Virgen desconocida, nación un Desconocido que debería ser el centro de estas fiestas. Y digo Desconocido porque es la triste realidad de nuestros días y de todos los tiempos. Ese Pequeño Desconocido – llamado Emmanuel – nacido en un lugar y nación desconocidos y de Familia, también, desconocida es el que sustenta y sostiene el correr de la historia; el que da sentido a nuestra vida, por el que se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad, el que quiso hacerse hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegaran a ser hijos de Dios. Es Él el festejado en estas fiestas de Navidad ¿Lo invitarás a tu Fiesta? Solo haces no puedes permanecer indiferente…
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