domingo, 30 de marzo de 2008

PODEMOS AMAR A LOS DEMÁS


“Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (Carissimi diligamus invicem quoniam caritas ex Deo est et omnis qui diligit ex Deo natus est et cognoscit Deum
(1Io 4,7)

Con estas palabras, San Juan, expresa la posibilidad del amor. El amor es de Dios y el que ama ha nacido de Dios. En efecto, Dios nos ha amado primero y, por tanto, puede mandarnos el amor como característica de todo el que cree en Él. Pero, ¿Qué es amar? Amar no es otra cosa que la afirmación libre del bien y el bien es el para qué de la libertad. Es bien sabido que no se ama algo sino a alguien. En este sentido, se puede distinguir en el amor ciertos grados que se pueden ir perfeccionando. Así pues, cuando nos encontramos con una persona tenemos la primera impresión del bien. Esa persona se nos presenta como un bien. Esto ya es amor y es un amor de concupiscencia o eros en el cual considero al otro como un don para mí. Se desarrolla aquí una actitud de acogida. Este primer grado está impregnado de un tinte netamente egoísta. Entonces sale al paso el amor de Filía, es decir, el amor de amistad, el cual, tiene como característica que yo soy un don para el otro. En este segundo grado del amor se desarrolla una actitud de entrega. Pero hay algo más perfecto que esto: el amor de ágape o cáritas, en el cual se considera al otro como un bien en sí mismo y que ha de ser amado tal y como es. Es un amor auténtico que mira a toda la persona y a todo en la persona: cuerpo, alma, con virtudes y defectos, coincidencias y divergencias. Pretender amar excluyendo del objeto de ese amor lo que no agrada es demostrar que no se ama de manera total. Se tenderá, entonces, a querer en el otro, únicamente, lo que satisface, lo que halaga; a buscar las virtudes y cualidades apetecibles. Resulta amor a sí mismo – egoísmo - , es decir, la muerte del verdadero amor.

En efecto, el egoísmo es un desorden de la voluntad, que supone un recorte de las tendencias transitivas (las del ser-para-otro, las del estar-con-otro, la amatoria, la creadora). Se opera una reducción voluntaria del sistema tendencial y, dependiendo de su gravedad, se proponen como necesidades prioritarias y exclusivas las necesidades hacia las que apuntan las tendencias de la vitalidad y del yo individual.

La persona se encierra en sí misma, pues se pervierte su relación consigo mismo y con los demás. Su relación con el mundo de las personas y de las cosas queda empobrecida y se asumen actitudes negativas, tales como la búsqueda desordenada y, a veces, exclusiva de lo placentero y de lo conveniente para sí, olvidándose del bien de los demás. Se termina así en el aislamiento, la soledad y la sospecha. Se deteriora la capacidad de amar, en sus dos formas. El amor de concupiscencia se degenera hasta tal punto de no captar al otro como un don para sí. Así también el amor de amistad se ve afectado, puesto que el egoísta es incapaz de autodonarse.

El egoísmo lleva a quien lo padece a instrumentalizar a los demás, a quienes se valora exclusivamente en función de los propios intereses. El otro vale, no por sí mismo, sino en la medida en que su compañía o su trabajo resulta agradable o útil para sí. El egoísmo aísla de los demás a quien lo padece. La búsqueda desordenada de sí mismo genera en torno a la persona un clima de tensión, pues el egoísta se topa con la legítima libertad de los demás, quienes se resisten a ser instrumentalizados y optan por alejarlo de sí, pues lo ven como un agresor.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído. Dios es amor; y el que está en el amor está en Dios, y Dios en él”
(Et nos cognovimus et credidimus caritati quam habet Deus in nobis
Deus caritas est et qui manet in caritate in Deo manet
et Deus in eo)
(1 Io 4, 16)

sábado, 15 de marzo de 2008

Triduo Pascual


El Triduo Pascual es la cumbre del año litúrgico. Comienza en la tarde del Jueves Santo, con la Misa, que es el Memorial de la Ultima Cena de Jesús con sus apóstoles y termina en la tarde del Domingo de Pascua.


Durante tres días acompañamos en el hogar y en el templo al Señor que realiza la obra de nuestra salvación.


El Viernes Santo, por la tarde, recordamos con el Via Crucis los sufrimientos y la muerte redentora de Jesús.


El Sábado Santo, con la ausencia misma de toda celebración litúrgica, evocamos el reposo de Cristo en el sepulcro.


El Domingo de Pascua, durante la noche santa de la resurrección, estamos en vela, escuchando la Palabra de Dios y celebrando los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, por los cuales participamos de la muerte y resurrección de Cristo. Es la Vigilia Pascual la Vigilia por excelencia, en la gran noche de la Resurrección.


En estos tres días celebramos la Pascua de Cristo y la nuestra con El. Celebramos el "paso" (Pascua quiere decir paso) de Jesús de este mundo a su Padre, y nuestro paso con El. Se trata de la fiesta de nuestra liberación en el Misterio Pascual de Jesucristo.


Es importante celebrar el Triduo Pascual fundamentalmente participando en las celebraciones litúrgicas de la parroquia.

jueves, 6 de marzo de 2008

Rito de conclusión




Tiene dos partes: el saludo y la bendición del celebrante[1] y la despedida propiamente tal[2].

Celebrante: El Señor esté con vosotros
Asamblea: Ycon tu espíritu
Celebrante: La Bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíirtu Santo descienda sobre vosotros.
Asamblea: Amén
Celebrante (Diácono). Podeis ir en paz
Asamblea: Demos gracias a Dios


El saludo expresa el deseo de que los misterios celebrados influyan, con el auxilio divino, en la vida de quienes han participado en ellos.
La despedida implica a los fieles y al altar. En relación a los fieles, se les dice: «Ite, missa est», en la liturgia romana (o similares). La despedida del altar la hace el sacerdote besándolo e inclinando la cabeza, en señal de reverencia.
Ya había pedido el sacerdote que las oraciones del pueblo y del sacerdote, los sacrificios espirituales, sean presentados a Dios por el ángel asistente a los divinos ministerios. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos (Ap 8,4) y por él las «envía». Por todo esto se denomina «missa». Ya que el sacerdote «envía» (mittit) a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote.
También por ser Cristo la Víctima «enviada» (missa). Por eso la despedida al pueblo diciendo: «Ite, missa est», como diciendo: «Podéis iros, la Víctima ya se ha enviado» a Dios por el ángel para que Dios la acepte. San Alberto Magno dice: «Ite, missa est» como si dijera: La Hostia –la Víctima– y nosotros en la Hostia –missa est– está enviada al Padre: Id con el aumento de virtudes como incorporados a la Hostia y enviados –missi– a Dios. Y el coro responde: «Demos gracias a Dios», porque ésa es la gracia cumbre de la que el mismo Hijo dio gracias al Padre en tan alto sacramento. Dice textualmente Santo Tomás: «Por todo esto se denomina “missa”, ya que el sacerdote «envía» a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote. Tal vez también por ser Cristo la víctima «enviada». ... (se) licencia al pueblo diciendo: «Id, la Hostia se ha enviado» a Dios con el ángel para que la acepte»[3].
El ofrecer –enviar– implica una santificación de lo ofrecido –una bendición descendente– («te pedimos ... que aceptes y bendigas estos dones»). La despedida va unida a una bendición (descendente) de ahí que se considera bendición descendente y juntamente como «missa» todo el conjunto de la Eucaristía: «Para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición».
También, puede verse más que como despedida, como una invitación a prolongar la Misa en la vida diaria, como si dijese: «Id sois enviados a prolongar la Misa con vuestra vidas»; a vivir la vida de todos los días como una misión («missio»), para extender el Reino de Dios en la tierra por medio del testimonio y del apostolado, luego de haber sido fortalecidos por la participación en el Sacrificio de la cruz y haber recibido la Víctima divina, como dijese: «Id, sois enviados a la misión para llevar a Cristo a todo hombre y a todas las manifestaciones del hombre».


[1] cfr. OGMR 57.
[2] cfr. OGMR 57.
[3] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 83, 4, ad 9.