sábado, 9 de febrero de 2008

Liturgia de la Palabra


LITURGIA DE LA PALABRA: Nuestra postura es Sentados y la actitud es de Escucha.

- Lecturas
- Evangelio
- Homilía
- Credo
- Oración de los fieles


Nos asegura la Iglesia que Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien nos habla[1]. En efecto, cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la Palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración[2].

En la Eucaristía, como sabemos, la Liturgia de la Palabra precede a la Liturgia del Sacrificio, en el que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ese fue el orden que comprobamos ya en le sacrificio del Sinaí[3], en la Cena del Señor o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús[4].

- LAS LECTURAS DE LA PALABRA DE DIOS
Los días feriales en la Misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a: El Profeta, el Apóstol y el Evangelista, como se dice en expresión muy antigua.

- PRIMERA LECTURA
Está tomada del Antiguo Testamento (Los días domingo. Los otros días – feriales – puede ser del Antiguo o del Nuevo Testamento). El Profeta u otro de los libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio[5].
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- SALMO RESPONSORIAL
El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la Lectura – a la lectura primera, si hay dos -. La Iglesia, ya desde el siglo IV, ha usado en la Misa el salmo responsorial, como también el Aleluya, con una clara intención cristológica.

El salmista o el cantor proclama el salmo y el pueblo intercala la respuesta que dice el salmista.

- SEGUNDA LECTURA
En los domingos y solemnidades, hay dos lecturas. El Apóstol, nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro.
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- EVANGELIO
El Evangelio es el momento más alto de la Liturgia de la Palabra. Ante los fieles congregados, Cristo anuncia Su Evangelio[6], y a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su Palabra con la misma realidad que quienes lo oyeron entonces en Palestina.
El momento es, de suyo, muy solemne, y todos los gestos y palabras están llenos de muy alta significación.
Mientras se entona el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario. Luego, con las manos juntas e inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio. Después toma el libro de los evangelios, y precedido por los ministros, que pueden llevar el incensario y los candeleros, se acerca al ambón. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y dice: El Señor esté con vosotros, y en seguida: Lectura del Santo Evangelio según San…, haciendo la Cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho. Luego si utiliza el incienso, inciensa el libro. Después de la aclamación del pueblo (Gloria a Ti, Señor) proclama el Evangelio, y, una vez terminada la lectura, besa el libro diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Después de la lectura del evangelio se hace la aclamación del pueblo: Gloria a ti, Señor Jesús, precedida de la del sacerdote: Palabra del Señor[7].

Postura corporal: Puestos en pie y orientado el cuerpo hacia el ambón
El sacerdote saludo al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros
El pueblo responde: Y con tu espíritu
El sacerdote dice: Lectura del Santo Evangelio, según San…
El pueblo responde: Gloria a ti, Señor
Al fin de la lectura, el sacerdote dice: Palabra del Señor
El pueblo aclama: Gloria a ti, Señor Jesús
Después, todos nos sentamos y con atención escuchamos la Homilía.

- HOMILÍA
La Homilía que sigue a las lecturas de la Escritura ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret[8]. Y desde el principio se practicó también en la Liturgia cristiana, y como al año 153 testifica San Justino[9]. La Homilía, que está reservada al Sacerdote o al diácono[10], y que se hace en la sede o en el ambón[11], es el momento mas alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: el que os oye, me oye[12].
Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación.
Después de la Homilía, todos nos ponemos en pie para hacer nuestra profesión de fe.

- EL CREDO
El Credo es la respuesta más plena que el pueblo cristiano puede dar a la Palabra divina que ha escuchado. Al mismo tiempo que profesión de fe, el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la Resurrección.

- ORACIÓN DE LOS FIELES
La Liturgia de la Palabra termina con la Oración de los fieles, también llamada Oración Universal, que el Sacerdote preside, iniciándola y concluyéndola, en le ambón o en la sede. Ya San Pablo ordena que se hagan oraciones por todos los hombre y especialmente por los que gobiernan, pues Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad[13]. Y San Justino, hacia el 153, describe en la Eucaristía, plegarias comunes que con fervor hacemos por nosotros, por nuestros hermanos, y por todos los demás que se encuentran en cualquier lugar[14].

En la oración de los fieles todos tomamos parte mediante nuestra aclamación: Te rogamos, Señor, óyenos u otra de las prescritas.


[1] SC 7a
[2] OGMR 9
[3] Ex 24,7
[4] Lc 24, 13-32
[5] Heb 1, 1-3
[6] SC 33
[7] OGMR 93 - 95
[8] Lc 4, 16 - 30
[9] I Apología 67
[10] OGMR 61
[11] Ibíd., 97
[12] Lc 10, 16
[13] 1Tim 2, 1-4
[14] I Apología 67, 4-5

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