Roma, Jueves 14 de Febrero de 2013
Un
Benedicto visiblemente sereno y tranquilo (ahora que el gran peso del papado
empieza a quedar atrás) se reunió esta mañana con los párrocos de Roma, para la
tradicional cita que da inicio a la Cuaresma y que, este año ha asumido un
significado inédito, después del anuncio de la renuncia del lunes pasado.
El
Papa, que fue recibido con un caluroso aplauso, indicó que ya no tiene las
fuerzas para hacer «un gran discurso», pero demostró su lucidez intelectual
durante cuarenta minutos.
Como
había hecho ayer durante la audiencia general, el Papa agradeció antes que nada
por el apoyo «casi físico» que recibió a través de la fuerza de la oración y,
por primera vez, indicó públicamente su voluntad de permanecer alejado de los
reflectores después del 28 de febrero, cuando dejará oficialmente el trono de
Pedro.
«Aunque
ahora me retiro en oración –dijo a los párrocos romanos–, siempre estaré cerca
y estoy seguro de que ustedes también estarán cerca de mí, aunque permanezca
oculto para el mundo».
Como
había anunciado, Benedicto XVI dedicó el encuentro con el clero de Roma a los
recuerdos de su experiencia como perito en el Concilio Vaticano II. Comenzó con
la siguiente anécdota: cuando le dijeron que se tenía que hablar ante Juan
XXIII, tuvo miedo de equivocarse y de haber dicho algo que no estuviera a la
altura. En cambio, el Pontífice lo felicitó.
Roncalli
se dirigió al cardenal Frings, a propósito de la exposición del joven teólogo
Joseph Ratzinger que usó Frings para una conferencia durante el periodo preconciliar;
y Frings, que también tenía miedo de que el Papa lo regañara y que incluso le
«quitara la púrpura», se sintió aliviado cuando escuchó el elogio hacia su
asistente.
Después,
el Papa volvió sobre la interpretación del Concilio, uno de los temas que han
marcado su Pontificado: «El mundo ha percibido el Concilio de los medios, no el
de los padres, el de la fe».
«El
desafío –prosiguió– es encontrar en la palabra de Dios una palabra para hoy y
para mañana. El Concilio de los periodistas tiene una hermenéutica diferente,
política: el Concilio era lucha de poder entre facciones de la Iglesia. Entre
los que buscaban la descentralización de la Iglesia, un papel para los laicos y
la soberanidad popular, y entre los que insistían sobre el culto y la participación.
La banalización del Concilio fue violenta, prevalecía una visión que nació
fuera de la fe».
Una
interpretación que ha llevado a la Iglesia a afrontar verdaderas «calamidades»:
«Seminarios cerrados, conventos cerrados… El Concilio virtual fue más fuerte
que el Concilio real, pero 50 años después, el Concilio verdadero se muestra
con fuerza». Por ello, el Papa Ratzinger invitó a los sacerdotes de Roma:
«Nuestra tarea en el Año de la Fe es que se lleve a cabo el verdadero Concilio
Vaticano II».
Una
de las misiones principales del Concilio, en los recuerdos del Papa, era la de
volver a encauzar positivamente la relación entre la Iglesia y la modernidad:
«La relación de la Iglesia con la modernidad había empezado de forma equivocada
con el caso Galileo, queríamos corregir este comienzo».
De
hecho, añadió, durante esos años, el sentimiento que estaba en el aire era que
la Iglesia era una «realidad del pasado y no una realidad portadora de futuro.
Nosotros esperábamos, en cambio, que la Iglesia tuviera más fuerza para el
mañana».
Según
el Papa Ratzinger, se cristalizaron las posiciones que llevaron a la
banalización de la liturgia y a entender la sacralidad como un mero hecho de
paganismo. «La traducción y la banalización de la idea del Concilio –explicó–
hizo surgir una visión de ese encuentro fuera de la clave de la fe».
Pero
esta visión errónea, a 50 años del Concilio, concluyó el Papa, se está
«rompiendo», para que surja el «verdadero Concilio».



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