Roma, Sábado 16 de Febrero de 2013
La mañana era soleada.
Tras numerosos controles de seguridad y el cumplimiento de todas las normas de
protocolo, el “pool” (comitiva de periodistas seleccionados) llegó hasta el
Patio de San Damaso. La planta baja del Palacio Apostólico. Ya se encontraba
allí un primer piquete de la Guardia Suiza Pontificia, una formación de
reclutas uniformados con sus célebres trajes azules y amarillos.
Otros dos
guardias custodiaban el ingreso, ya adornado con una alfombra roja. Por allí se
adelantó nuestro grupo, subiendo a un lujoso ascensor completamente de madera.
Bajo un escudo papal el clásico indicador de los niveles. Pero, en lugar de
números, en él se podían leer las plantas: “Cortile San Damaso”, “Prima
Loggia”, “Seconda Loggia” y “Terza Loggia”. En ese primer nivel se encuentra la
Secretaría de Estado, en el segundo el “piso diplomático” (para audiencias y
visitas oficiales) y en el tercero los apartamentos pontificios.
Al abrirse la
puerta en el segundo, el impacto inicial lo ofrecen los impresionantes frescos
medievales que cubren paredes y techos. Más allá, al final del pasillo, la Sala
Clementina. Y, pasando los controles, una serie de lujosas habitaciones. La
Sala de San Ambrosio es usada para la ubicación de periodistas y fotógrafos,
desde ella puede seguirse el arribo del presidente y su delegación.
El mandatario
guatemalteco llegó a las 10:45. Acompañado por su mujer, su hija, su nuera y
cuatro nietos. La familia en pleno. Aprovechó la ocasión única, claro está, de
ser el último mandatario en saludar oficialmente al obispo de Roma. Y también
invitó a algunos funcionarios de su gobierno. De paso.
“¡Bienvenido
señor presidente!”, dijo. Pérez Molina agradeció, luego ambos entraron a la
biblioteca y se sentaron frente a un gran escritorio de madera. Con voz baja
pero comprensible, el líder católico exclamó: “Sabemos de las dificultades de
Guatemala y del problema de las drogas”. Ahí mismo se cerraron las
puertas. El resto fue privado.
El coloquio duró
25 minutos. Mientras tanto, afuera, el secretario personal y prefecto de la
Casa Pontificia, Georg Gaenswein, se mostró distendido y hasta sonrió varias
veces a la hora de saludar a la comitiva que siguió la audiencia. Parecieron
haber quedado atrás, al menos en la expresión, los días tristes que
caracterizaron la semana que termina.
Como era de
esperar, el tema ineludible del diálogo fue la renuncia. Así contó ese momento
el presidente guatemalteco, en una entrevista justo después de dejar al Papa:
“Le dije que recibimos con conmoción la noticia, pero que lo comprendíamos y
valoramos muchísimo su humildad. Me dijo que había sido una decisión muy dura y
difícil, pero que por su edad y por su salud ya no podía estar viajando, que su
responsabilidad era muy grande y por eso consideraba que era lo correcto para
la Iglesia. Lo noté con mucha firmeza”.
Y agregó: “Lo vi
muy bien, con mucha claridad, los temas los tocó con mucha amplitud y
conocimiento. Yo lo observé en muy buenas condiciones y aunque tiene un paso
lento al caminar, normal por la edad, el Papa está muy bien. Aseguró que, pese
a retirarse, iba siempre a rezar por la Iglesia”.
Sí, efectivamente
estaba muy bien. Dentro de lo que cabe. Si no podría parecer absurda la
explicación de la renuncia. Porque, a sus 85 años, Joseph Ratzinger tiene
artrosis, camina mal, se ve jorobado, le cuesta enfocar con un ojo, se procura
heridas involuntariamente, se fatiga con facilidad y tiene un marcapasos.
Aún así su
gentileza está intacta. Se notó en el intercambio de regalos con el presidente
Pérez. Varias veces agradeció los obsequios recibidos: una Virgen del Rosario,
un libro sobre la Semana Santa y un rosario de jade. Y confesó que sus dones
eran “más modestos”: la medalla de su pontificado y un estampa del siglo XVII
que reproduce la Plaza de San Pedro de entonces, aún inconclusa.
Gentileza y
calidez hasta el final. Cualidades de un hombre de Dios que sufre por dentro
por una decisión inevitable. Pero que, en su sencillez, es capaz de responder a
quien le agradece por ocho años de servicio fiel en una de las encomiendas más
complicadas con un simple: “¡Gracias! ¡Gracias señor! ¡Gracias a todos!”.


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