sábado, 20 de diciembre de 2008

HACIA LA NAVIDAD



No había comenzado el mes de noviembre y, ya el comercio de la temporada navideña, pululaba en los supermercados. En cuanto se iba acercando diciembre, esto aumentaba y, hoy, vemos cómo por todas partes nos encontramos con diversas manifestaciones de este espíritu navideño.


Ciertamente, los negocios no pueden dejar pasar esta “oportunidad” para hacer de las suyas; y así, encontramos las más variadas “ofertas” del mercado que van desde el más bajo precio hasta los más altos. En este panorama, vemos tanta gente moviéndose en los supermercados para adquirir sus productos que van desde “el regalo” para las personas queridas a los juguetes de los niños; de los juegos de luces artificiales a la adquisición de la discografía propia de la temporada; desde los diferentes sabores para la cocina a la ropa nueva; desde los electrodomésticos para el hogar hasta –quizá- un pesebre. De igual modo, nos encontramos con que, medio mundo, planea sus vacaciones, amigos que visitar, viajes que realizar, etc.


Vemos, también, muchos hogares decorados con un árbol, en cuya cúspide fulgura una estrella artificial, un “Santa Claus” colgado de la ventana y, de vez en cuando, un pesebre cuidadosamente preparado. No pueden faltar, ni menos, las tarjetas de “Feliz Navidad”, Próspero Año Nuevo, los abrazos, las llamadas telefónicas a los seres queridos que están lejos, el envío de cartas, etc.


Todo esto es muy bueno e indica que en el hombre subsiste algo que le impulsa a operar estas manifestaciones. Esa realidad antropológica que llamamos fiesta y que define el deseo de compartir y de estar con otros, propio del ser humano, es la realidad incipiente que sale a la luz en estos días.


PERO, por otro lado, vemos a todo el mundo envuelto en una “Grave Crisis Económica”, como la han llamado los economistas; vemos a tantas familias que no tendrán ni techo ni pan ni algo para beber en esta Navidad; tantos niños que dormirán en la calle sin recibir un regalo, mientras en los grandes y pequeños supermercados medio mundo corre a desembolsar su poco o mucho dinero para “pasarla bien”.
A esto añadimos algo más, que me parece lo peor: Toda esta fiesta, toda esta preparación, todo el movimiento, el pesebre mismo que preparamos y la estrella que alumbra, ¿Por qué lo hacemos? Qué terrible es cuando se programa una fiesta y no se invita al festejado, es lo más insulso carente de sentido. Es a esto que llamo la Hipocresía del mundo.
Hace algún tiempo, en un pueblo desconocido de una nación desconocida, de una joven Virgen desconocida, nación un Desconocido que debería ser el centro de estas fiestas. Y digo Desconocido porque es la triste realidad de nuestros días y de todos los tiempos. Ese Pequeño Desconocido – llamado Emmanuel – nacido en un lugar y nación desconocidos y de Familia, también, desconocida es el que sustenta y sostiene el correr de la historia; el que da sentido a nuestra vida, por el que se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad, el que quiso hacerse hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegaran a ser hijos de Dios. Es Él el festejado en estas fiestas de Navidad ¿Lo invitarás a tu Fiesta? Solo haces no puedes permanecer indiferente…

lunes, 8 de diciembre de 2008

EL SIGLO XX Y LAS ESPERANZAS FRUSTRADAS



El Siglo XX ha sido el que mayores esperanzas ha generado. Esta afirmación, aunque parezca contradictoria tiene toda su validez. Echemos una mirada al pasado belicoso que se ha desarrollado en este siglo: Ha sido el siglo más belicoso de la historia (las guerras mundiales). Después de la Primera Guerra mundial se creyó que todo había pasado, pero en las altas cabezas de mundo se cernía el ímpetu sanguinario con olor a guerra. En efecto, llegó la Segunda Guerra mundial, más sangrienta que la primera, cobrando millones de vidas inocentes. El siglo XX ha hecho verdadera la sentencia de Clausewitz según la cual, la guerra es la continuación de la política con otros medios. Ha sido un siglo de guerra continua, con la pasión de aplicar por la fuerza las nuevas “Utopías” de salvación terrenal: la supremacía de la raza, la sociedad igualitaria, la abolición de la lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino democrático del sufragio universal.


En la otra esfera, el retorno de lo religioso ha supuesto a menudo el retorno de la intolerancia, del dogmatismo e integrismo, del fundamentalismo y fanatismo, del rigorismo moral y disciplinar, de la discriminación de sexos, de la práctica del terrorismo en nombre de Dios, de la lucha sin escrúpulos para alcanzar el poder, de nuevos procesos inquisitoriales contra creyentes que viven de manera diferente su fe.


Las consecuencias aún son nefastas y muchos se han preguntado si aún vale la pena seguir esperando. ¿Qué esperanza queda? Es la pregunta de muchos. Pero vemos y nos damos cuenta que hay motivos de esperanza. Hay signos para creer que “otro mundo ya es posible”. El mundo de hoy está lleno de semillas de esperanza. Ni la naturaleza humana, ni la acción del espíritu han cambiado el devenir de la historia y el Reino que no es de este mundo sigue ahí como sal, como luz, como semilla, padece violencia, está dentro de nosotros.


Ahora bien, se trata de aprender la esperanza, su labor no ceja, el efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud en lugar de angostar, está enamorada del triunfo, no del fracaso (Ernst Bloch). La paradoja de la esperanza, en efecto, es que se hace más viva cuando todo parece más muerto, se nos hace más necesaria cuando las puertas parecen estar cerradas. Es la esperanza contra toda esperanza.


La pequeña esperanza avanza débil entre sus dos hermanas mayores; la Fe es fácil, no se puede vivir sin creer; el Amor también es fácil, no se puede vivir sin amar; pero esperar… esperar que el mundo sea mejor, es difícil (Péguy)

sábado, 8 de noviembre de 2008

LOS VALORES Y EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

La cultura contemporánea y la existencia actual se presenta impregnada de una conciencia desencantada de encontrarse fuera del paraíso, en la prosa del mundo y en la red de discordias irreconciliables. Esta actitud humana, ha sido expresada maravillosamente por el poeta alemán Heinrich Von kleist: “El paraíso está cerrado y el Querubín se halla a nuestras espaldas; tenemos que dar la vuelta al mundo para ver si el paraíso no está, quizá, abierto aún en algún lugar, del otro lado detrás de nosotros.”

El hombre actual es el protagonista pasivo de una escisión que lo aparta de la totalidad de la vida y lo divide incluso en su ser íntimo. Las contradicciones del reciente histórico -entre emancipación y violencia, liberación y desposesión del hombre aislado- parece gritar al individuo que el marco de lucha general no puede recurrir a valores universales, capaces de justificar definitivamente su opción, de una vez por todas. Así, estamos pues, frente a una crisis de valores básicos de la vida humana. Parece que toda opción presenta el riesgo de llevar consigo la conciencia de agravio a quienes ha proferido otra distinta o enfrentado a otra. Como consecuencia de esto, viene la relativización de todos los valores –El relativismo ético- que se presenta, a muchos, hoy día como la única posibilidad de superar ese mal radica que implica las condiciones morales absolutas, la única forma de abandonar la conciencia de culpa que acompaña a toda actuación seria, para alcanzar así una presunta “nueva inocencia” .



Consecuencia de todo esto es la presencia del nihilismo. Al intentar convertir la ausencia de todo valor en premisa para la libertad, el nihilismo constituye la reducción final de todo valor de uso en valor de cambio: liberados los valores de su radicación en una instancia última todos se hacen equivalentes e intercambiables: cada valor se convierte en cualquier otro, todo se reduce a valor de cambio y queda cancelado todo valor absoluto, toda peculiaridad inconfundible o insustituible. Como dice el célebre representante del pensamiento débil Gianni Vattimo, “economismo y relativismo se dan la mano”. Cualquier realidad se puede convertir en cualquier otra, y adquiere de este modo la naturaleza del dinero que puede ser permutado indiferentemente por cualquier cosa la apoteosis del mecanicismo del cambio, extendido a la vida eterna, celebra la desposesión de la persona a la que se arrebata radicalmente su dignidad. Se puede decir con, Edmund Bunke que el dinero, en nuestro mundo, se ha convertido en el sustituto técnico de Dios.



Todo intento de establecer el valor de la dignidad de la persona humana será considerada, entonces, como un agresión injustificable, y resultará por lo tanto ignorado o, si esto no es posible, duramente combatido por los medios de comunicación y por la “cultura” dominante.

domingo, 31 de agosto de 2008

¿POR QUÉ SE SUFRE CUANDO SE AMA?



En una ocasión me preguntaron: Rey, ¿Por qué cuando uno ama tiene que sufrir tanto? De súbito recordé las palabras leídas en un pequeño libro de bolsillo que escribió un gran Santo y respondí: Porque el dolor es la piedra de toque al amor (San José María Escrivá de Balaguer).


En efecto, el amor verdadero, ese amor que no conoce egoísmos, ese amor que te hace encontrarte ante ti mismo por medio de la otra persona y que lleva a donarte incondicionalmente, está marcado - curiosamente - por el dolor.


Ahora bien, podríamos preguntarnos: bueno, si es amor, ¿Por qué me hiere con el sufrimiento? Para poder responder examinemos lo siguiente:
Cuando te propones u objetivo, sea necesario o accesorio, has de renunciar a aquello que te impide lograr ese objetivo que te has trazado; tienes que renunciar, incluso, a cosas que te gusta hacer y que, de repente, te dan cierta felicidad, pero te das cuenta que tu objetivo es mayor que esas otras circunstancias accesorias que aparecen y, entonces, renuncias a lo accesorio para lograr lo necesario, es decir, renuncias a algo que te gusta para lograr algo mejor. Entre tanto, esa renuncia – que no la hubieras hecho si no quisieras lo otro – te produce de algún modo cierto dolor que no estarías dispuesto a llevar si no fuera porque quieres lograr tu objetivo.


Ahora sí podemos decir lo siguiente: Cuando amas sinceramente, te das cuenta que el amor significa Entrega y Renuncia; entrega a la persona amada y renuncia de ti mismo. Cuando renuncias a ti mismo, evidentemente, sufres, pero te das cuenta que ese sufrimiento te da algo mejor: Una entrega incondicional a la persona amada. Entonces, ese sufrimiento ya no es sinsentido; al contrario, te da felicidad, te sientes feliz de sufrir por amor, sufres porque amas.


Pero, ¿Qué sucede cuando alguien que te ama te hace sufrir?
El amor verdadero connota el bien para el otro; esta connotación se da porque el otro, en último término, eres tú mismo. En este sentido, recuerdo unas palabras que escuché en una conferencia: “Quien bien te quiere te hará llorar… mas quien no te quiere te hará reír y cantar…”. En efecto, el amor verdadero debe cumplir con este principio: Mi bien es que TÚ realices tu bien y tu bien es que YO realice mi bien, de tal modo que el bien del amado sea el bien del que ama, y viceversa.


Por tanto, ama verdaderamente quien sabe sufrir y sufre con alegría quien sabe amar. Hay Alguien que nos ha enseñado magistralmente esto. Ese Alguien que te ama y que llevó hasta la radicalidad el amor entregando Su vida por ti y por mi; hizo del sufrimiento una verdadera escuela del amor para decirnos que aún podemos amar, aún hay algo por hacer. Y si ese Alguien te reprende es porque te ha amado primero y solo te pide que Lo ames y por Él que ames a los demás. Ese Alguien se llama JESÚS.

viernes, 30 de mayo de 2008

EL VALOR DE LO QUE NO SE VE


Alguna vez te has preguntado ¿Por qué estoy haciendo lo que hago, si apenas yo me doy cuenta de que lo hago? ¿A quién le interesa saber o conocer esto que estoy haciendo? ¿A quién le va a ayudar?

Sabes… muchas veces hacemos cosas que, aparentemente, no hacen daño a nadie más que a nosotros mismos o, por el contrario, cosas que nos benefician solo a nosotros mismos.

Quiero hablarte concretamente del acto de SER FELIZ. Cuántas veces te sientes tan solo/a sin nadie quien te escuche y comprenda tu situación. Sientes que vas en la vida como un solitario en el desierto, avanzando pesadamente subiendo en la montaña de la vida. Negativamente se puedes pensar que esa situación solo te pasa a ti. La verdad no es esa: Todos pasamos por lo mismo y, por tanto TODOS NECESITAMOS DE TODOS.

Cuando eres feliz aun en medio de situaciones difíciles, estás demostrando que sí se puede vivir la vida plenamente y que no importa cuán grande sea la situación en la que te encuentres, pues siempre serás capaz de vencer. Pero recuerda que, para vencer la situación, te tienes que vencer a ti mismo. No dejes que la situación te venza.

Cuántas veces se gusta de aparecer ante los demás como la única víctima de sufrimiento en el mundo, sin recordar que cada uno carga con sus propias preocupaciones. Por el contrario, cuando eres consciente de tus dificultades y, sin embargo, tratas de hacer feliz a otros, demuestras un camino de esperanza muy poco conocido.

Eso que tú haces en silencio, en lo más íntimo de tu ser, eso que se llama AMOR y que casi no se ve es lo que realmente vale. Y cuando amas, entonces eres feliz. Tan solo recuerda que si optas por amar, tendrás que sufrir, pero si sufres por amor, entonces serás VERDADERAMENTE FELIZ. Recuerda: El dolor es la piedra de toque al amor.

sábado, 26 de abril de 2008

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO DIOS?


¿Estamos actualmente más “abandonados de Dios” que en épocas anteriores? Difícilmente se podría afirmar tal cosa. Pero la ausencia, la inactividad de Dios nos acongojan, naturalmente en las estructuras sociales y mentales que hoy predominan, no en las de la época bíblica o en las de la Edad Media. La era industrial, la Ilustración o la posmodernidad han caído como un alud sobre nosotros y llevan en sí toda la rocalla de periodos anteriores. Características de nuestra época son, indudablemente, el individualismo sin barreras que se proclama en todas partes, y la corroedora duda de que la multitud atomizada puede ofrecernos el verdadero suelo nutricio para una vida colmada. El hombre autónomo se congela fácilmente en la soledad. Está a merced de manipulación. Queda, estremecidamente, bajo las ruedas de una sociedad orientada hacia el éxito. En el curso del declive económico entre el Norte y el Sur, se multiplican los fenómenos de desintegración. Hay mayoría de población que quedan excluidas de vivir una existencia humana digna.

El clamor que llama al Dios ausente, a ese Dios que quiere preocuparse de cada una de sus criaturas, se oye todavía claramente. Es un clamor que se recoge de vez en cuando y se traduce a realidad salvadora. Cada vez que “uno de mis hermanos más pequeños” (Mt 25, 40) experimente la solidaridad de otras personas, está demostrando Dios su presencia. Pero ¡No nos hagamos ilusiones! Aunque en las pruebas de la existencia y presencia de Dios no se pueda introducir un factor cuantificante, sin embargo, sigue siendo verdad que muchos de esos “mis hermanos más pequeños” siguen muriendo hoy día de hambre, en los campos, sin rezo ni confesión. Lo que importa no es su número. Pero eso sí, cada persona que muere así, es una prueba contra Dios. Cada persona abandonada es Su acusador; está declarando que los que andan por todas partes hablando de Dios no están dispuestos a hacer nada para que Dios sobreviva en este mundo. Porque Dios no muere por erosión intelectual, sino por la desmedrada justicia y amor.

“Ese rostro hinchado, sucio, cubierto de sudor,
marcado por las caídas o los golpes,
¿Es el rostro de un borracho, de un mendigo
o es que nos hallamos en lo alto del calvario
y estamos contemplando el Rostro santo del Hijo de Dios?”
(Helder Camara)

sábado, 5 de abril de 2008

LA VIDA, ¿TIENE SENTIDO?


Ante un mundo que poco a poco se va degradando por la inadecuada concepción de la vida y de la dignidad de la persona, ante unas vidas desdichadas que ya no le encuentran sentido a su existencia, ante un grupo de cabezas que se reparten el destino de los pueblos, ante una naturaleza que nos azota con su fuerza, ante la situación dolorosa e, incluso, desastrosa de muchos jóvenes hundidos en los vicios y, más aun, ante un Dios que parece distante de nosotros y que permanece escondido en su cielo sin ver los problemas de los hombres, cabría pensar si ¿la vida todavía tiene sentido?

El sentido de la vida podemos describirlo como la percepción de la trayectoria satisfactoria o insatisfactoria de nuestra vida. Descubrir el sentido de la propia vida es, pues, alcanzar a ver hacia dónde lleva, tener una percepción de su orientación general y de su destino final. La vida tiene sentido cuando tenemos una tarea que cumplir en ella; descubrir cuál es esa tarea es nuestra meta. Esa tarea es la que, al despertarnos cada mañana, nos llena de ilusión para seguir luchando. Pero si, al despertarnos cada mañana, no hay ilusión en nuestra vida, la infelicidad está esperando al pie de la cama y, entonces, comienza la penosa tarea de encontrar un motivo para afrontar la dura tarea de vivir. ¿Dónde comienza la pérdida del sentido de la vida? El comienzo de la pérdida del sentido de la vida es la ausencia de motivación y de ilusión. Si esto falta no hay nada que nos pueda hacer felices.

Cuando no se encuentra el sentido del propio vivir, solo aparecen dos soluciones: una es tirarse al mundo del placer desenfrenado pensando que allí podemos encontrar la felicidad (Esto se llama Atomización de la vida); la otra es pensar que ya nada vale la pena y que nada de lo que hacemos tiene sentido (Esto se llama Nihilismo). Estas dos posiciones a lo que conducen es a la desesperación, pues tarde o temprano nos encontramos con la cruda realidad y, por no enfrentarla, aparece como salida más inmediata la muerte, el suicidio.

Si queremos encontrarle sentido a nuestra existencia, cada vez que nos despertamos hemos de preguntarnos: ¿Qué me importa de verdad?, es decir, saber cuáles son los valores verdaderamente importante para mí, por los que tengo que luchar, es lo que hace posible la tarea de emprender cada día nuestros propósitos. También hemos de preguntarnos: ¿Por qué estoy aquí?; ¿Por qué existo?; ¿Qué debo hacer?

Si tratamos de responder a estas preguntas, nos daremos cuenta que estamos aquí porque Alguien nos ha dado la vida; existimos porque Alguien nos ama y que lo que debeos hacer nosotros es darnos amando a ese Alguien sin medida. Por tanto, el Alguien que le da sentido a nuestra vida se llama DIOS que nos ha creado por amor y para amar. Nuestra vida es un Don y solo la merecemos dándola: Darla a Dios por medio de nuestros hermanos. Solo entonces la vida tendrá sentido… cuando busques sinceramente a Dios y ames a tus hermanos como los ama Dios.

“Ser vale más que tener mucho,
querer vale más que hacer regalos,
darse entero como sea y donde sea, es el oro que da peso a tu vida...”