
¿Estamos actualmente más “abandonados de Dios” que en épocas anteriores? Difícilmente se podría afirmar tal cosa. Pero la ausencia, la inactividad de Dios nos acongojan, naturalmente en las estructuras sociales y mentales que hoy predominan, no en las de la época bíblica o en las de la Edad Media. La era industrial, la Ilustración o la posmodernidad han caído como un alud sobre nosotros y llevan en sí toda la rocalla de periodos anteriores. Características de nuestra época son, indudablemente, el individualismo sin barreras que se proclama en todas partes, y la corroedora duda de que la multitud atomizada puede ofrecernos el verdadero suelo nutricio para una vida colmada. El hombre autónomo se congela fácilmente en la soledad. Está a merced de manipulación. Queda, estremecidamente, bajo las ruedas de una sociedad orientada hacia el éxito. En el curso del declive económico entre el Norte y el Sur, se multiplican los fenómenos de desintegración. Hay mayoría de población que quedan excluidas de vivir una existencia humana digna.
El clamor que llama al Dios ausente, a ese Dios que quiere preocuparse de cada una de sus criaturas, se oye todavía claramente. Es un clamor que se recoge de vez en cuando y se traduce a realidad salvadora. Cada vez que “uno de mis hermanos más pequeños” (Mt 25, 40) experimente la solidaridad de otras personas, está demostrando Dios su presencia. Pero ¡No nos hagamos ilusiones! Aunque en las pruebas de la existencia y presencia de Dios no se pueda introducir un factor cuantificante, sin embargo, sigue siendo verdad que muchos de esos “mis hermanos más pequeños” siguen muriendo hoy día de hambre, en los campos, sin rezo ni confesión. Lo que importa no es su número. Pero eso sí, cada persona que muere así, es una prueba contra Dios. Cada persona abandonada es Su acusador; está declarando que los que andan por todas partes hablando de Dios no están dispuestos a hacer nada para que Dios sobreviva en este mundo. Porque Dios no muere por erosión intelectual, sino por la desmedrada justicia y amor.
“Ese rostro hinchado, sucio, cubierto de sudor,
marcado por las caídas o los golpes,
¿Es el rostro de un borracho, de un mendigo
o es que nos hallamos en lo alto del calvario
y estamos contemplando el Rostro santo del Hijo de Dios?”
(Helder Camara)
El clamor que llama al Dios ausente, a ese Dios que quiere preocuparse de cada una de sus criaturas, se oye todavía claramente. Es un clamor que se recoge de vez en cuando y se traduce a realidad salvadora. Cada vez que “uno de mis hermanos más pequeños” (Mt 25, 40) experimente la solidaridad de otras personas, está demostrando Dios su presencia. Pero ¡No nos hagamos ilusiones! Aunque en las pruebas de la existencia y presencia de Dios no se pueda introducir un factor cuantificante, sin embargo, sigue siendo verdad que muchos de esos “mis hermanos más pequeños” siguen muriendo hoy día de hambre, en los campos, sin rezo ni confesión. Lo que importa no es su número. Pero eso sí, cada persona que muere así, es una prueba contra Dios. Cada persona abandonada es Su acusador; está declarando que los que andan por todas partes hablando de Dios no están dispuestos a hacer nada para que Dios sobreviva en este mundo. Porque Dios no muere por erosión intelectual, sino por la desmedrada justicia y amor.
“Ese rostro hinchado, sucio, cubierto de sudor,
marcado por las caídas o los golpes,
¿Es el rostro de un borracho, de un mendigo
o es que nos hallamos en lo alto del calvario
y estamos contemplando el Rostro santo del Hijo de Dios?”
(Helder Camara)
2 comentarios:
He leído con mezcla de interés y curiosidad esta entrada. En general me ha gustado, está muy bien escrita y contiene ideas interesantes, que valdrían muchos comentarios.
La contemplación de este pobre y querido mundo nuestro nos incita mucho a la esperanza, la verdad: guerras, odios, hambre pobreza, consumismo dispendioso y provocador, poder corrupto, verdades que son mentiras, plagas, drogas parados, desempleados, desesperados, forzados inmigrantes, abortos, eutanasia, poderosos depravadores…Y poca paz.
Que está mal el mundo, lo sabemos ya; lo que no se sabe muchas veces es que por los cuatro costados está en las manos de Dios. Por más que cunda el mal en le mundo y parezca que todo está perdido y sin remedio, los creyentes siempre tenemos la certeza firme he ilusionada de que Cristo ha resucitado, garantía que este pobre y querido mundo nuestro, puede a pesar de todo, vivir en esperanza.
Sigue adelante. Quis ut Deum?
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