sábado, 26 de abril de 2008

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO DIOS?


¿Estamos actualmente más “abandonados de Dios” que en épocas anteriores? Difícilmente se podría afirmar tal cosa. Pero la ausencia, la inactividad de Dios nos acongojan, naturalmente en las estructuras sociales y mentales que hoy predominan, no en las de la época bíblica o en las de la Edad Media. La era industrial, la Ilustración o la posmodernidad han caído como un alud sobre nosotros y llevan en sí toda la rocalla de periodos anteriores. Características de nuestra época son, indudablemente, el individualismo sin barreras que se proclama en todas partes, y la corroedora duda de que la multitud atomizada puede ofrecernos el verdadero suelo nutricio para una vida colmada. El hombre autónomo se congela fácilmente en la soledad. Está a merced de manipulación. Queda, estremecidamente, bajo las ruedas de una sociedad orientada hacia el éxito. En el curso del declive económico entre el Norte y el Sur, se multiplican los fenómenos de desintegración. Hay mayoría de población que quedan excluidas de vivir una existencia humana digna.

El clamor que llama al Dios ausente, a ese Dios que quiere preocuparse de cada una de sus criaturas, se oye todavía claramente. Es un clamor que se recoge de vez en cuando y se traduce a realidad salvadora. Cada vez que “uno de mis hermanos más pequeños” (Mt 25, 40) experimente la solidaridad de otras personas, está demostrando Dios su presencia. Pero ¡No nos hagamos ilusiones! Aunque en las pruebas de la existencia y presencia de Dios no se pueda introducir un factor cuantificante, sin embargo, sigue siendo verdad que muchos de esos “mis hermanos más pequeños” siguen muriendo hoy día de hambre, en los campos, sin rezo ni confesión. Lo que importa no es su número. Pero eso sí, cada persona que muere así, es una prueba contra Dios. Cada persona abandonada es Su acusador; está declarando que los que andan por todas partes hablando de Dios no están dispuestos a hacer nada para que Dios sobreviva en este mundo. Porque Dios no muere por erosión intelectual, sino por la desmedrada justicia y amor.

“Ese rostro hinchado, sucio, cubierto de sudor,
marcado por las caídas o los golpes,
¿Es el rostro de un borracho, de un mendigo
o es que nos hallamos en lo alto del calvario
y estamos contemplando el Rostro santo del Hijo de Dios?”
(Helder Camara)

sábado, 5 de abril de 2008

LA VIDA, ¿TIENE SENTIDO?


Ante un mundo que poco a poco se va degradando por la inadecuada concepción de la vida y de la dignidad de la persona, ante unas vidas desdichadas que ya no le encuentran sentido a su existencia, ante un grupo de cabezas que se reparten el destino de los pueblos, ante una naturaleza que nos azota con su fuerza, ante la situación dolorosa e, incluso, desastrosa de muchos jóvenes hundidos en los vicios y, más aun, ante un Dios que parece distante de nosotros y que permanece escondido en su cielo sin ver los problemas de los hombres, cabría pensar si ¿la vida todavía tiene sentido?

El sentido de la vida podemos describirlo como la percepción de la trayectoria satisfactoria o insatisfactoria de nuestra vida. Descubrir el sentido de la propia vida es, pues, alcanzar a ver hacia dónde lleva, tener una percepción de su orientación general y de su destino final. La vida tiene sentido cuando tenemos una tarea que cumplir en ella; descubrir cuál es esa tarea es nuestra meta. Esa tarea es la que, al despertarnos cada mañana, nos llena de ilusión para seguir luchando. Pero si, al despertarnos cada mañana, no hay ilusión en nuestra vida, la infelicidad está esperando al pie de la cama y, entonces, comienza la penosa tarea de encontrar un motivo para afrontar la dura tarea de vivir. ¿Dónde comienza la pérdida del sentido de la vida? El comienzo de la pérdida del sentido de la vida es la ausencia de motivación y de ilusión. Si esto falta no hay nada que nos pueda hacer felices.

Cuando no se encuentra el sentido del propio vivir, solo aparecen dos soluciones: una es tirarse al mundo del placer desenfrenado pensando que allí podemos encontrar la felicidad (Esto se llama Atomización de la vida); la otra es pensar que ya nada vale la pena y que nada de lo que hacemos tiene sentido (Esto se llama Nihilismo). Estas dos posiciones a lo que conducen es a la desesperación, pues tarde o temprano nos encontramos con la cruda realidad y, por no enfrentarla, aparece como salida más inmediata la muerte, el suicidio.

Si queremos encontrarle sentido a nuestra existencia, cada vez que nos despertamos hemos de preguntarnos: ¿Qué me importa de verdad?, es decir, saber cuáles son los valores verdaderamente importante para mí, por los que tengo que luchar, es lo que hace posible la tarea de emprender cada día nuestros propósitos. También hemos de preguntarnos: ¿Por qué estoy aquí?; ¿Por qué existo?; ¿Qué debo hacer?

Si tratamos de responder a estas preguntas, nos daremos cuenta que estamos aquí porque Alguien nos ha dado la vida; existimos porque Alguien nos ama y que lo que debeos hacer nosotros es darnos amando a ese Alguien sin medida. Por tanto, el Alguien que le da sentido a nuestra vida se llama DIOS que nos ha creado por amor y para amar. Nuestra vida es un Don y solo la merecemos dándola: Darla a Dios por medio de nuestros hermanos. Solo entonces la vida tendrá sentido… cuando busques sinceramente a Dios y ames a tus hermanos como los ama Dios.

“Ser vale más que tener mucho,
querer vale más que hacer regalos,
darse entero como sea y donde sea, es el oro que da peso a tu vida...”

domingo, 30 de marzo de 2008

PODEMOS AMAR A LOS DEMÁS


“Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (Carissimi diligamus invicem quoniam caritas ex Deo est et omnis qui diligit ex Deo natus est et cognoscit Deum
(1Io 4,7)

Con estas palabras, San Juan, expresa la posibilidad del amor. El amor es de Dios y el que ama ha nacido de Dios. En efecto, Dios nos ha amado primero y, por tanto, puede mandarnos el amor como característica de todo el que cree en Él. Pero, ¿Qué es amar? Amar no es otra cosa que la afirmación libre del bien y el bien es el para qué de la libertad. Es bien sabido que no se ama algo sino a alguien. En este sentido, se puede distinguir en el amor ciertos grados que se pueden ir perfeccionando. Así pues, cuando nos encontramos con una persona tenemos la primera impresión del bien. Esa persona se nos presenta como un bien. Esto ya es amor y es un amor de concupiscencia o eros en el cual considero al otro como un don para mí. Se desarrolla aquí una actitud de acogida. Este primer grado está impregnado de un tinte netamente egoísta. Entonces sale al paso el amor de Filía, es decir, el amor de amistad, el cual, tiene como característica que yo soy un don para el otro. En este segundo grado del amor se desarrolla una actitud de entrega. Pero hay algo más perfecto que esto: el amor de ágape o cáritas, en el cual se considera al otro como un bien en sí mismo y que ha de ser amado tal y como es. Es un amor auténtico que mira a toda la persona y a todo en la persona: cuerpo, alma, con virtudes y defectos, coincidencias y divergencias. Pretender amar excluyendo del objeto de ese amor lo que no agrada es demostrar que no se ama de manera total. Se tenderá, entonces, a querer en el otro, únicamente, lo que satisface, lo que halaga; a buscar las virtudes y cualidades apetecibles. Resulta amor a sí mismo – egoísmo - , es decir, la muerte del verdadero amor.

En efecto, el egoísmo es un desorden de la voluntad, que supone un recorte de las tendencias transitivas (las del ser-para-otro, las del estar-con-otro, la amatoria, la creadora). Se opera una reducción voluntaria del sistema tendencial y, dependiendo de su gravedad, se proponen como necesidades prioritarias y exclusivas las necesidades hacia las que apuntan las tendencias de la vitalidad y del yo individual.

La persona se encierra en sí misma, pues se pervierte su relación consigo mismo y con los demás. Su relación con el mundo de las personas y de las cosas queda empobrecida y se asumen actitudes negativas, tales como la búsqueda desordenada y, a veces, exclusiva de lo placentero y de lo conveniente para sí, olvidándose del bien de los demás. Se termina así en el aislamiento, la soledad y la sospecha. Se deteriora la capacidad de amar, en sus dos formas. El amor de concupiscencia se degenera hasta tal punto de no captar al otro como un don para sí. Así también el amor de amistad se ve afectado, puesto que el egoísta es incapaz de autodonarse.

El egoísmo lleva a quien lo padece a instrumentalizar a los demás, a quienes se valora exclusivamente en función de los propios intereses. El otro vale, no por sí mismo, sino en la medida en que su compañía o su trabajo resulta agradable o útil para sí. El egoísmo aísla de los demás a quien lo padece. La búsqueda desordenada de sí mismo genera en torno a la persona un clima de tensión, pues el egoísta se topa con la legítima libertad de los demás, quienes se resisten a ser instrumentalizados y optan por alejarlo de sí, pues lo ven como un agresor.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído. Dios es amor; y el que está en el amor está en Dios, y Dios en él”
(Et nos cognovimus et credidimus caritati quam habet Deus in nobis
Deus caritas est et qui manet in caritate in Deo manet
et Deus in eo)
(1 Io 4, 16)

sábado, 15 de marzo de 2008

Triduo Pascual


El Triduo Pascual es la cumbre del año litúrgico. Comienza en la tarde del Jueves Santo, con la Misa, que es el Memorial de la Ultima Cena de Jesús con sus apóstoles y termina en la tarde del Domingo de Pascua.


Durante tres días acompañamos en el hogar y en el templo al Señor que realiza la obra de nuestra salvación.


El Viernes Santo, por la tarde, recordamos con el Via Crucis los sufrimientos y la muerte redentora de Jesús.


El Sábado Santo, con la ausencia misma de toda celebración litúrgica, evocamos el reposo de Cristo en el sepulcro.


El Domingo de Pascua, durante la noche santa de la resurrección, estamos en vela, escuchando la Palabra de Dios y celebrando los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, por los cuales participamos de la muerte y resurrección de Cristo. Es la Vigilia Pascual la Vigilia por excelencia, en la gran noche de la Resurrección.


En estos tres días celebramos la Pascua de Cristo y la nuestra con El. Celebramos el "paso" (Pascua quiere decir paso) de Jesús de este mundo a su Padre, y nuestro paso con El. Se trata de la fiesta de nuestra liberación en el Misterio Pascual de Jesucristo.


Es importante celebrar el Triduo Pascual fundamentalmente participando en las celebraciones litúrgicas de la parroquia.

jueves, 6 de marzo de 2008

Rito de conclusión




Tiene dos partes: el saludo y la bendición del celebrante[1] y la despedida propiamente tal[2].

Celebrante: El Señor esté con vosotros
Asamblea: Ycon tu espíritu
Celebrante: La Bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíirtu Santo descienda sobre vosotros.
Asamblea: Amén
Celebrante (Diácono). Podeis ir en paz
Asamblea: Demos gracias a Dios


El saludo expresa el deseo de que los misterios celebrados influyan, con el auxilio divino, en la vida de quienes han participado en ellos.
La despedida implica a los fieles y al altar. En relación a los fieles, se les dice: «Ite, missa est», en la liturgia romana (o similares). La despedida del altar la hace el sacerdote besándolo e inclinando la cabeza, en señal de reverencia.
Ya había pedido el sacerdote que las oraciones del pueblo y del sacerdote, los sacrificios espirituales, sean presentados a Dios por el ángel asistente a los divinos ministerios. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos (Ap 8,4) y por él las «envía». Por todo esto se denomina «missa». Ya que el sacerdote «envía» (mittit) a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote.
También por ser Cristo la Víctima «enviada» (missa). Por eso la despedida al pueblo diciendo: «Ite, missa est», como diciendo: «Podéis iros, la Víctima ya se ha enviado» a Dios por el ángel para que Dios la acepte. San Alberto Magno dice: «Ite, missa est» como si dijera: La Hostia –la Víctima– y nosotros en la Hostia –missa est– está enviada al Padre: Id con el aumento de virtudes como incorporados a la Hostia y enviados –missi– a Dios. Y el coro responde: «Demos gracias a Dios», porque ésa es la gracia cumbre de la que el mismo Hijo dio gracias al Padre en tan alto sacramento. Dice textualmente Santo Tomás: «Por todo esto se denomina “missa”, ya que el sacerdote «envía» a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote. Tal vez también por ser Cristo la víctima «enviada». ... (se) licencia al pueblo diciendo: «Id, la Hostia se ha enviado» a Dios con el ángel para que la acepte»[3].
El ofrecer –enviar– implica una santificación de lo ofrecido –una bendición descendente– («te pedimos ... que aceptes y bendigas estos dones»). La despedida va unida a una bendición (descendente) de ahí que se considera bendición descendente y juntamente como «missa» todo el conjunto de la Eucaristía: «Para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición».
También, puede verse más que como despedida, como una invitación a prolongar la Misa en la vida diaria, como si dijese: «Id sois enviados a prolongar la Misa con vuestra vidas»; a vivir la vida de todos los días como una misión («missio»), para extender el Reino de Dios en la tierra por medio del testimonio y del apostolado, luego de haber sido fortalecidos por la participación en el Sacrificio de la cruz y haber recibido la Víctima divina, como dijese: «Id, sois enviados a la misión para llevar a Cristo a todo hombre y a todas las manifestaciones del hombre».


[1] cfr. OGMR 57.
[2] cfr. OGMR 57.
[3] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 83, 4, ad 9.

lunes, 18 de febrero de 2008

LITURGIA DEL SACRIFICIO

- Preparación de los dones
- Plegaria Eucarística
- Rito de la Comunión

PREPARACIÓN DE LOS DONES

La acción litúrgica queda centrada desde ahora en el altar, al que se acerca el sacerdote. A él se llevan, en forma simple o procesional, el pan y el vino, y quizá también otros dones.
Durante la procesión de ofrendas – si se hace – toda la asamblea se pone en pie y se gira un poco hacia el centro. Se sientan cuando he terminado la procesión y el sacerdote se dirige hacia el altar. Mientras tanto, todos nos unimos al canto de ofertorio.
Llegado al altar, el Sacerdote, hace las oraciones de presentación del pan y del vino, según la fórmula correspondiente[1].
Después el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo.
(Desde el momento de la incensación del pueblo, la postura de toda la asamblea es puestos en pie.)
En seguida el sacerdote se lava las manos, procurando así su purificación interior[2] y, vuelto al centro del altar, solicita la súplica de todos:
El Sacerdote dice: Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre Todopoderoso
Respondemos todos: El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia[3].
El rito de preparación al sacrificio concluye con la oración sacerdotal sobre las ofrendas.

ü PLEGARIA EUCARÍSTICA
La cima del sacrificio de la Misa es la plegaria eucarística. En ningún momento de la Misa la distracción de los participantes vendrá a ser más lamentable. Es el momento de la suma atención sagrada.
Los elementos que constituyen al Plegaria Eucarística son: Prefacio, Santo, Invocación al Espíritu Santo (Epíclesis), Relato y consagración, Memorial y Ofrenda, Invocación al espíritu Santo, Intercesiones, Doxología final.

Para nuestro objetivo (Catequesis mistagógica) nos detendremos solo en las partes que atañen a la participación de los fieles.

Prefacio:
El prefacio viene a ser el grandioso pórtico de entrada a la plegaria eucarística, que se recita o se canta antes, o mejor, al comienzo de la acción eucarística.

Diálogo Introductorio:
Sacerdote: El Señor esté con vosotros
Asamblea: Y con tu espíritu
Sacerdote: Levantemos el corazón
Asamblea: Lo tenemos levantado hacia el Señor
Sacerdote: Demos gracias al Señor, nuestro Dios
Asamblea: Es justo y necesario

El celebrante recita o canta el cuerpo del prefacio, que es una conversación de acción de gracias con Dios Padre.
El prefacio siempre concluye con la recitación del Santo, Santo, Santo. Al que todos nos unimos.

Después del santo viene la cúspide de toda nuestra celebración: La Consagración.
Estamos en pie y nos arrodillamos en el momento en que el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas (Por eso Padre te suplicamos, u otra…)

Al final de la consagración, el sacerdote dice: Éste es el sacramento de nuestra fe

Y todos, puestos en pie, aclamamos: Anunciamos tu, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!
O bien: Aclamad el misterio de la redención: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
O bien: Cristo se entregó por nosotros: Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor.

Luego el sacerdote continúa la plegaria eucarística hasta que, al final, concluye con la doxología (Por Cristo con él y en él…), a la cual todos respondemos con el Amén.

ü RITO DE COMUNIÓN
La primera cumbre de la celebración eucarística es, sin duda, la consagración, en la que el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y la segunda, ciertamente, es la comunión, en la que la Iglesia obedece al mandato de Cristo: Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre.

El Padrenuestro:
El Padrenuestro es la más grande oración cristiana, la más grata al Padre y la que mejor expresa lo que el espíritu Santo ora en nosotros[4], pues es la oración que nos enseñó Jesús[5].
Por eso, en la Misa, la oración dominical culmina en cierto modo la gran plegaria eucarística y al mismo tiempo inicia el rito de la comunión.

El Padrenuestro es rezado o cantado por el sacerdote a una con los fieles. Al final se omite el Amén, pues viene el embolismo que lo desarrolla el sacerdote.

El sacerdote invita a todos a recitar el Padrenuestro.
Finaliza diciendo: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
Sacerdote: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
El pueblo responde: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Rito de la Paz.
Sacerdote: Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos
El pueblo responde: Amén
Sacerdote: La paz del Señor esté siempre con vosotros
El pueblo responde: Y con tu espíritu
Sacerdote: Daos fraternalmente la paz (U otra de las fórmulas prescritas)

Para realizar este gesto, se debe esperar a que el celebrante diga que se den la paz.
Basta realizar este gesto con las personas más cercanas a uno: al que está a la derecha y al de la izquierda y nada más.
No es necesario moverse del puesto para ir a saludar a todo el mundo o a los amigos y familiares que están en algún lugar de la Iglesia.

Al finalizar el rito de la paz, se canta el Cordero y el sacerdote hace la fracción del pan. Luego, el sacerdote, muestra el pan consagrado al pueblo diciendo: este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y todos respondemos: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Después que el sacerdote comulga, inicia el canto y la procesión para la comunión. El ministro dice, al dar la comunión: El Cuerpo de Cristo, y el que recibe, responde: Amén

[1] OGMR 102
[2] Ibíd. 52
[3] Ibíd. 107
[4] Rm 8, 15.26
[5] Mt 5, 23-24; Lc 11, 2-4

sábado, 9 de febrero de 2008

Liturgia de la Palabra


LITURGIA DE LA PALABRA: Nuestra postura es Sentados y la actitud es de Escucha.

- Lecturas
- Evangelio
- Homilía
- Credo
- Oración de los fieles


Nos asegura la Iglesia que Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien nos habla[1]. En efecto, cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la Palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración[2].

En la Eucaristía, como sabemos, la Liturgia de la Palabra precede a la Liturgia del Sacrificio, en el que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ese fue el orden que comprobamos ya en le sacrificio del Sinaí[3], en la Cena del Señor o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús[4].

- LAS LECTURAS DE LA PALABRA DE DIOS
Los días feriales en la Misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a: El Profeta, el Apóstol y el Evangelista, como se dice en expresión muy antigua.

- PRIMERA LECTURA
Está tomada del Antiguo Testamento (Los días domingo. Los otros días – feriales – puede ser del Antiguo o del Nuevo Testamento). El Profeta u otro de los libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio[5].
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- SALMO RESPONSORIAL
El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la Lectura – a la lectura primera, si hay dos -. La Iglesia, ya desde el siglo IV, ha usado en la Misa el salmo responsorial, como también el Aleluya, con una clara intención cristológica.

El salmista o el cantor proclama el salmo y el pueblo intercala la respuesta que dice el salmista.

- SEGUNDA LECTURA
En los domingos y solemnidades, hay dos lecturas. El Apóstol, nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro.
El lector inicia la lectura diciendo sencillamente: Lectura de…
Cuando el lector dice: Palabra de Dios, todos respondemos: Te alabamos, Señor

- EVANGELIO
El Evangelio es el momento más alto de la Liturgia de la Palabra. Ante los fieles congregados, Cristo anuncia Su Evangelio[6], y a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su Palabra con la misma realidad que quienes lo oyeron entonces en Palestina.
El momento es, de suyo, muy solemne, y todos los gestos y palabras están llenos de muy alta significación.
Mientras se entona el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario. Luego, con las manos juntas e inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio. Después toma el libro de los evangelios, y precedido por los ministros, que pueden llevar el incensario y los candeleros, se acerca al ambón. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y dice: El Señor esté con vosotros, y en seguida: Lectura del Santo Evangelio según San…, haciendo la Cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho. Luego si utiliza el incienso, inciensa el libro. Después de la aclamación del pueblo (Gloria a Ti, Señor) proclama el Evangelio, y, una vez terminada la lectura, besa el libro diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Después de la lectura del evangelio se hace la aclamación del pueblo: Gloria a ti, Señor Jesús, precedida de la del sacerdote: Palabra del Señor[7].

Postura corporal: Puestos en pie y orientado el cuerpo hacia el ambón
El sacerdote saludo al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros
El pueblo responde: Y con tu espíritu
El sacerdote dice: Lectura del Santo Evangelio, según San…
El pueblo responde: Gloria a ti, Señor
Al fin de la lectura, el sacerdote dice: Palabra del Señor
El pueblo aclama: Gloria a ti, Señor Jesús
Después, todos nos sentamos y con atención escuchamos la Homilía.

- HOMILÍA
La Homilía que sigue a las lecturas de la Escritura ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret[8]. Y desde el principio se practicó también en la Liturgia cristiana, y como al año 153 testifica San Justino[9]. La Homilía, que está reservada al Sacerdote o al diácono[10], y que se hace en la sede o en el ambón[11], es el momento mas alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: el que os oye, me oye[12].
Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación.
Después de la Homilía, todos nos ponemos en pie para hacer nuestra profesión de fe.

- EL CREDO
El Credo es la respuesta más plena que el pueblo cristiano puede dar a la Palabra divina que ha escuchado. Al mismo tiempo que profesión de fe, el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la Resurrección.

- ORACIÓN DE LOS FIELES
La Liturgia de la Palabra termina con la Oración de los fieles, también llamada Oración Universal, que el Sacerdote preside, iniciándola y concluyéndola, en le ambón o en la sede. Ya San Pablo ordena que se hagan oraciones por todos los hombre y especialmente por los que gobiernan, pues Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad[13]. Y San Justino, hacia el 153, describe en la Eucaristía, plegarias comunes que con fervor hacemos por nosotros, por nuestros hermanos, y por todos los demás que se encuentran en cualquier lugar[14].

En la oración de los fieles todos tomamos parte mediante nuestra aclamación: Te rogamos, Señor, óyenos u otra de las prescritas.


[1] SC 7a
[2] OGMR 9
[3] Ex 24,7
[4] Lc 24, 13-32
[5] Heb 1, 1-3
[6] SC 33
[7] OGMR 93 - 95
[8] Lc 4, 16 - 30
[9] I Apología 67
[10] OGMR 61
[11] Ibíd., 97
[12] Lc 10, 16
[13] 1Tim 2, 1-4
[14] I Apología 67, 4-5