jueves, 6 de marzo de 2008

Rito de conclusión




Tiene dos partes: el saludo y la bendición del celebrante[1] y la despedida propiamente tal[2].

Celebrante: El Señor esté con vosotros
Asamblea: Ycon tu espíritu
Celebrante: La Bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíirtu Santo descienda sobre vosotros.
Asamblea: Amén
Celebrante (Diácono). Podeis ir en paz
Asamblea: Demos gracias a Dios


El saludo expresa el deseo de que los misterios celebrados influyan, con el auxilio divino, en la vida de quienes han participado en ellos.
La despedida implica a los fieles y al altar. En relación a los fieles, se les dice: «Ite, missa est», en la liturgia romana (o similares). La despedida del altar la hace el sacerdote besándolo e inclinando la cabeza, en señal de reverencia.
Ya había pedido el sacerdote que las oraciones del pueblo y del sacerdote, los sacrificios espirituales, sean presentados a Dios por el ángel asistente a los divinos ministerios. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos (Ap 8,4) y por él las «envía». Por todo esto se denomina «missa». Ya que el sacerdote «envía» (mittit) a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote.
También por ser Cristo la Víctima «enviada» (missa). Por eso la despedida al pueblo diciendo: «Ite, missa est», como diciendo: «Podéis iros, la Víctima ya se ha enviado» a Dios por el ángel para que Dios la acepte. San Alberto Magno dice: «Ite, missa est» como si dijera: La Hostia –la Víctima– y nosotros en la Hostia –missa est– está enviada al Padre: Id con el aumento de virtudes como incorporados a la Hostia y enviados –missi– a Dios. Y el coro responde: «Demos gracias a Dios», porque ésa es la gracia cumbre de la que el mismo Hijo dio gracias al Padre en tan alto sacramento. Dice textualmente Santo Tomás: «Por todo esto se denomina “missa”, ya que el sacerdote «envía» a Dios sus ruegos con el ángel, como el pueblo los manda por el sacerdote. Tal vez también por ser Cristo la víctima «enviada». ... (se) licencia al pueblo diciendo: «Id, la Hostia se ha enviado» a Dios con el ángel para que la acepte»[3].
El ofrecer –enviar– implica una santificación de lo ofrecido –una bendición descendente– («te pedimos ... que aceptes y bendigas estos dones»). La despedida va unida a una bendición (descendente) de ahí que se considera bendición descendente y juntamente como «missa» todo el conjunto de la Eucaristía: «Para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición».
También, puede verse más que como despedida, como una invitación a prolongar la Misa en la vida diaria, como si dijese: «Id sois enviados a prolongar la Misa con vuestra vidas»; a vivir la vida de todos los días como una misión («missio»), para extender el Reino de Dios en la tierra por medio del testimonio y del apostolado, luego de haber sido fortalecidos por la participación en el Sacrificio de la cruz y haber recibido la Víctima divina, como dijese: «Id, sois enviados a la misión para llevar a Cristo a todo hombre y a todas las manifestaciones del hombre».


[1] cfr. OGMR 57.
[2] cfr. OGMR 57.
[3] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 83, 4, ad 9.

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