I Domingo de Cuaresma
Domingo 26 de febrero de 2012
Hoy, en el
Evangelio, Cristo se presenta anunciando la llegada del Reino: El tiempo se ha
cumplido, el Reino llega.
El tema central
del anuncio de Cristo es, justamente, el anuncio del Reino, un anuncio que
tiene como característica propia la conversión. Este Reino que Cristo anuncia,
que no es de este mundo, no es otra cosa que Cristo mismo: Cristo se identifica
con Su anuncio, Cristo y el Reino son una única y misma realidad.
De ahí que la
expresión “el tiempo se ha cumplido” que escuchamos hoy en el Evangelio, la
podamos releer a la luz de cuanto dice Pablo en la carta a los Gálatas: “Cuando
llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a Su Hijo, nacido de mujer, nacido
bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos
la adopción a hijos” (Gal 4,4). El Reino, pues, es Cristo mismo que, llegada la
hora, se hace presente en Israel.
Sin embargo, hay
que notar que el Evangelio NO dice “el Reino está aquí”, sino que dice “el
tiempo se ha cumplido, el Reino está cerca”. Del tiempo dice que YA se ha
cumplido, pero del Reino solo dice que está CERCA.
¿Cómo es posible
que, habiéndose cumplido ya el tiempo, el Reino aun no haya llegado, y que solo
está cerca pero no presente?
La respuesta la
podemos buscar en las siguientes palabras de Cristo mismo que hemos escuchado:
“Convertíos y creed en el Evangelio”. ¡He aquí la respuesta!: el Reino que está
cerca, solo se hace presente actual y operante si, aceptando y creyendo en el
evangelio, nos convertimos. Sólo entonces ese Reino que está cerca se hará
presente, sólo cuando obremos la conversión en nuestras vidas, como
consecuencia del aceptar el Evangelio, que no es otra cosa que aceptar a Cristo
mismo, pues el Evangelio es Cristo.
Y ahora sí
podemos ver la necesidad del desierto, de esos 40 días y 40 noches que nuestro
Señor pasó en el desierto. Él que no tenía pecado, toma sobre sus hombros los
nuestros y, como el chivo expiatorio que cada año era enviado al desierto por
los pecados del pueblo, Cristo va al desierto por los nuestros y se deja tentar
por el diablo, pero no para caer y se vencido, sino para vencerlo no cediendo a
las seducciones del maligno, y enseñándonos que la derrota de Satanás solo
aviene en el desierto, en la soledad, pero no una soledad vacía, ¡No!, sino en
una soledad llena de Dios, de oración, de sacrificio, como Cristo lo hizo.
Una vez regresado
del desierto, Cristo entra en la ciudad para anunciar el Reino. También
nosotros: solo en la medida en que vayamos al desierto con Cristo podremos
aceptar y hacer presente el Reino que Cristo anuncia. No hay, pues, conversión
sin desierto. Pero el desierto de nada sirve si ahí no vamos con Cristo. Así,
pues, la auténtica conversión solo nace del real encuentro con Cristo por medio
de Su Palabra, de los Sacramentos, de la Iglesia.
Y ¿Qué nos ofrece
este Reino?
El Reino de Dios,
en nuestras vidas, es tan grande que solo es explicable por medio de metáforas.
San Pablo nos desvela un poco el sentido de lo que es el Reino: Ante todo,
justicia, paz y alegría en el espíritu. Pero no olvidemos nunca que no hay
Reino sin conversión, pero no hay conversión sin desierto, ni desierto sin
Cristo.
Caminemos, pues,
en este desierto cuaresmal acompañados por Cristo, de modo que, aun siendo
tentados por el diablo, salgamos victoriosos en las penas y tribulaciones y
logremos hacer presente ese Reino de Cristo, del cual ha llegado ya la hora…
Dios es fiel a sus promesas. La primera lectura nos lo ha dicho y San Pablo nos
lo ha confirmado en la segunda. Cristo es la promesa de Dios. Acojamos a
Cristo, vivamos en Su Reino, volvamos a la casa del Padre.

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