sábado, 25 de febrero de 2012

«Del Desierto al Reino»


I Domingo de Cuaresma
Domingo 26 de febrero de 2012

Hoy, en el Evangelio, Cristo se presenta anunciando la llegada del Reino: El tiempo se ha cumplido, el Reino llega.
El tema central del anuncio de Cristo es, justamente, el anuncio del Reino, un anuncio que tiene como característica propia la conversión. Este Reino que Cristo anuncia, que no es de este mundo, no es otra cosa que Cristo mismo: Cristo se identifica con Su anuncio, Cristo y el Reino son una única y misma realidad.
De ahí que la expresión “el tiempo se ha cumplido” que escuchamos hoy en el Evangelio, la podamos releer a la luz de cuanto dice Pablo en la carta a los Gálatas: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción a hijos” (Gal 4,4). El Reino, pues, es Cristo mismo que, llegada la hora, se hace presente en Israel.
Sin embargo, hay que notar que el Evangelio NO dice “el Reino está aquí”, sino que dice “el tiempo se ha cumplido, el Reino está cerca”. Del tiempo dice que YA se ha cumplido, pero del Reino solo dice que está CERCA.

¿Cómo es posible que, habiéndose cumplido ya el tiempo, el Reino aun no haya llegado, y que solo está cerca pero no presente?

La respuesta la podemos buscar en las siguientes palabras de Cristo mismo que hemos escuchado: “Convertíos y creed en el Evangelio”. ¡He aquí la respuesta!: el Reino que está cerca, solo se hace presente actual y operante si, aceptando y creyendo en el evangelio, nos convertimos. Sólo entonces ese Reino que está cerca se hará presente, sólo cuando obremos la conversión en nuestras vidas, como consecuencia del aceptar el Evangelio, que no es otra cosa que aceptar a Cristo mismo, pues el Evangelio es Cristo.
Y ahora sí podemos ver la necesidad del desierto, de esos 40 días y 40 noches que nuestro Señor pasó en el desierto. Él que no tenía pecado, toma sobre sus hombros los nuestros y, como el chivo expiatorio que cada año era enviado al desierto por los pecados del pueblo, Cristo va al desierto por los nuestros y se deja tentar por el diablo, pero no para caer y se vencido, sino para vencerlo no cediendo a las seducciones del maligno, y enseñándonos que la derrota de Satanás solo aviene en el desierto, en la soledad, pero no una soledad vacía, ¡No!, sino en una soledad llena de Dios, de oración, de sacrificio, como Cristo lo hizo.
Una vez regresado del desierto, Cristo entra en la ciudad para anunciar el Reino. También nosotros: solo en la medida en que vayamos al desierto con Cristo podremos aceptar y hacer presente el Reino que Cristo anuncia. No hay, pues, conversión sin desierto. Pero el desierto de nada sirve si ahí no vamos con Cristo. Así, pues, la auténtica conversión solo nace del real encuentro con Cristo por medio de Su Palabra, de los Sacramentos, de la Iglesia.

Y ¿Qué nos ofrece este Reino?

El Reino de Dios, en nuestras vidas, es tan grande que solo es explicable por medio de metáforas. San Pablo nos desvela un poco el sentido de lo que es el Reino: Ante todo, justicia, paz y alegría en el espíritu. Pero no olvidemos nunca que no hay Reino sin conversión, pero no hay conversión sin desierto, ni desierto sin Cristo.
Caminemos, pues, en este desierto cuaresmal acompañados por Cristo, de modo que, aun siendo tentados por el diablo, salgamos victoriosos en las penas y tribulaciones y logremos hacer presente ese Reino de Cristo, del cual ha llegado ya la hora… Dios es fiel a sus promesas. La primera lectura nos lo ha dicho y San Pablo nos lo ha confirmado en la segunda. Cristo es la promesa de Dios. Acojamos a Cristo, vivamos en Su Reino, volvamos a la casa del Padre.

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