Oración, ayuno y
limosna son los temas materiales que salen a la luz de la Liturgia de la
Palabra de este, como de todos los miércoles de Ceniza, y son los temas que
recorren todo el camino cuaresmal, como pautas seguras y concretas de lo que
debemos hacer en esta preparación a la pascua.
Sin embargo, aun
manteniendo la centralidad de estos temas, que bien los podríamos enunciar con
uno solo, es decir, con la Penitencia, podemos ver que, en el fondo, la
Liturgia misma nos ofrece el por qué de estas prácticas cuaresmales.
En el fondo no
está el simple hecho de hacer oración. ¡No! La oración no es un tema exclusivo
de la cuaresma; la oración es la vida cotidiana de todo cristiano. La nota
precisa y definitoria es que en este tiempo debe ser más intensa, pero no
significa que solo en este tiempo se debe orar.
De igual modo el ayuno: no es
exclusivo sólo de este tiempo, aunque sea en este tiempo que se hace más
intenso y de modo más consciente. El ayuno es
una disposición cotidiana del cristiano a sentir necesidad en el cuerpo
para llenar el espíritu. Lo mismo podemos decir de la limosna: no es sólo en
cuaresma que debemos hacer limosna, aunque de modo especial se haga en este
tiempo. La limosna es la disposición cristiana cotidiana de generosidad y
atención hacia los necesitados.
¿Qué es, pues, lo
propio de la cuaresma?
La Liturgia de la
Palabra que hoy hemos escuchado nos guía en la búsqueda de la respuesta:
El Profeta Joel,
en la primera lectura (Jl 2,12-18), no inicia diciendo que ayunemos o hagamos
limosna. Inicia con un imperativo: ¡Volved!
Volver al Señor es la llamada especial de la cuaresma, volver, volver. Y este
volver toma una forma concreta. Es San Pablo, en la segunda lectura (2Cor
5,20-6,2) quien nos dice de qué se trata: “Reconciliaos
con Dios”. Es esta la forma concreta de este “volver” al Señor del que
habla el Profeta: la reconciliación, la conversión. Ese cambio de rumbo, ese
regreso a la casa del Padre, ese camino de ENCUENTRO que exige dejar el camino
que se llevaba, camino que en la vida concreta se llama distracciones, apegos a
nosotros mismos, egoísmos, soberbias, vanidades, avaricias, lujurias, iras,
gulas, envidias, perezas, faltas de fe, faltas de esperanza, faltas de amor,
etc., etc. Y es por eso que en el Evangelio mismo (Mt 6,1-6.16-18), aunque
parezca lo contrario, pero Jesús no inicia diciendo “oren, ayunen, hagan
limosnas”, ¡No!, inicia con un condicional: “Cuando hagas esto… haz esto…”, inicia invitando a la actitud con la
que se tiene que hacer la oración, entrando a nuestro cuarto, es decir, a lo
más íntimo de nosotros mismos, a ese espacio reservado para el encuentro con
Dios, entrando en nuestra realidad creatural, a nuestro auténtico ser personas,
ser creaturas en dependencia del Creador; nos invita a obrar nuestra caridad en
secreto, de modo que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha y que
cuando ayunemos no lo propaguemos al son de la trompeta.
Se trata, pues, de
una actitud interior. Y a esto sirven las prácticas exteriores. Pero no son
éstas la que fundan aquélla, sino que es aquélla la base y fundamento de éstas.
Esto se debe hacer sin descuidar aquello.
El camino
Cuaresmal es, pues, camino de regreso,
de conversión, de reconciliación. Reconciliación que la podemos dimensionar a
diversos niveles: reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
Las tres dimensiones de la reconciliación son correlativas, de modo que no
podemos pretender una olvidando otra.
Y sólo cuando
hayamos hecho este camino de retorno al Señor, sólo entonces nuestras obras
exteriores serán agradables a Dios, sólo entonces la oración, el ayuno, la
limosna, en fin la penitencia, será verdadera.

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