Apuntes para la Predicación
Con la Resurrección
de Cristo, celebrada en la Vigilia Pascual, se ha inaugurado el Día absolutamente nuevo. Los Padres de
la Iglesia han llamado “octavo” ese día, porque en él confluyen y encuentran su
cumplimiento los siete días de la primera creación arruinada por el pecado.
[Orígenes de la celebración]
Para prolongar la
alegría del Día Nuevo, la celebración
pascual, desde el siglo II se ha prolongado por cincuenta días, de los cuales,
hoy, día de Pentecostés es el día cincuenta. Pero la celebración de Pentecostés
se remonta y resale a las Tradiciones judías. Pentecostés era una de las tres
grandes fiestas judías; muchos israelitas peregrinaban a Jerusalén en estos días
para adorar a Dios en el Templo. El origen de la fiesta se remontaba a una antiquísima
celebración en la que se daban gracias a Dios por la cosecha del año, a punto
ya de ser recogida. Después se sumó en ese día el recuerdo de la promulgación
de la Ley dada por Dios en el monte Sinaí. Se celebraba cincuenta días después de
la Pascua, y la cosecha material que los judíos festejaban con tanto gozo se
convirtió, por designio divino, en la Nueva Alianza, en una fiesta de inmensa alegría:
la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos.
[Teología de la celebración]
Hoy nosotros
celebramos el Don de Cristo Resucitado a la Iglesia naciente. El don del Espíritu
Santo era la meta hacia la cual tendía la obra terrena de Jesús: la
vida-muerte-resurrección estaban finalizadas a este fin. Porque es solo con el
don del Espíritu Santo que viene radicalmente superado en el hombre el régimen
de la carne y se instaura el régimen nuevo del Espíritu (Rm 7,5-6), en el que deviene
posible caminar en una vida nueva (Rm 6,4).
El Espíritu Santo
efuso por el Resucitado en la Iglesia, desenvuelve en su seno el rol de unificación
en el amor que reenvía a aquél rol de unidad ejercitado al interno de la
Trinidad: la Iglesia es icono de la Trinidad. El Espíritu Santo introduce, también,
a la Iglesia en la comprensión del misterio de Cristo: Él le enseña a
comprender todo lo que Su Maestro y Señor le ha enseñado. Así, pues, con la
venida del Espíritu Santo, entramos en el gran tiempo de la Iglesia. La Iglesia,
efectivamente, es Cristo mismo que camina en la Historia con Su acción salvífica
en favor de todos los hombres.
[Parénesis de la celebración]
Cristo resucitado,
con la fuerza de Su Espíritu renueva a la Iglesia. El Espíritu Santo nos
inserta como protagonistas en la historia misma de Cristo, historia de
vida-muerte-resurrección. San Cirilo de Alejandría afirma que “desde el momento
en que poseemos el Espíritu, podemos practicar con facilidad toda virtud y
somos, además, fuertes e invencibles contra las insidias del diablo y los
ataques de los hombres”. Pero la acción del Espíritu queda estéril si nosotros
no cooperamos con Él. Por tanto, la docilidad nuestra hará que el Paráclito
pueda realizar la obra del Resucitado en nosotros.
El Espíritu Santo
hace de nuestra vida una vida fundada en la dinámica de la libertad y del amor
filial de los hijos de Dios. Él nos hace comprender que las relaciones del
cristiano con Dios non están fundadas en la ley o el temor; es característico del
cristiano de frente a Dios, tener un comportamiento de hijo. Sin embargo, el ser
hijos no es algo que lo debemos dar por descontado, ¡no! El amor de hijos se
manifiesta y crece en nosotros en la medida en que nuestras relaciones con Dios
y con los hermanos sean de amor, verdaderamente fundadas en la dinámica de la
libertad y del amor filial (cf. Gal 4,7)

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