A lo largo de la historia, se ha acuñado a la pobreza la culpa del no desarrollo de muchos pueblos y la vulnerable situación de tantas personas que viven o, mejor dicho, que sobreviven en exiguas situaciones sin un futuro esperanzador y soportando el fatigador presente. Sin embargo, pese a la carencia de los recursos básicos, muchas de las personas que viven en situaciones de penuria, están llenas de riquezas en ilusiones y esperanzas que hacen de su fatigoso presente una oportunidad para sonreír en la vida.
En nuestros tiempos asistimos al teatro de las grandes sociedades opulentamente desarrolladas, que avanzan en la técnica y la ciencia, pero que retroceden en esperanza e ilusión. Y he aquí que los nuevos pobres aparecen en este colosal y magnífico teatro. Y la pobreza que en estas sociedades se vive es aún peor que la de los arriba mencionados: mientras aquellos saben con certeza que son pobres y necesitan gravosamente trabajar para salir adelante, éstos no se dan cuenta que, por tenerlo todo, han aniquilado lo que realmente hace ricas a las personas. El estrés se apodera de ellos borrando la sonrisa, la vida frenética marca sus días, olvidando los tiempos de tranquilidad y bonanza; el poder y el tener embriaga sus vidas olvidándoles del ser; las máquinas de avanzada tecnología van desplazando en segundo plano a las personas; la lógica del poder asfixia el espíritu de servicio, y el hombre cada vez más se convierte en esclavo de sus invenciones y amo de sus miserias.
En fin… pobre no es quien le faltan los recursos materiales para vivir, sino quien teniéndolo todo o poco no sabe descubrirse necesitado ni llamado a servir y darse, haciendo del ordinario cotidiano un extraordinario pleno.

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