La “fumata”
blanca llegó a las 19:05. Era blanquísima. La multitud rompió en un emocionante
grito. Yo no sabía qué hacer... Las lágrimas no las pude contener, la emoción en la garganta se hacía nudo... Era el momento deseado. Pero
nadie esperaba que los cardenales pusiesen al mundo patas arriba, con una
enorme valentía y muchos pantalones. No sólo decidieron elegir a un Papa
extra-europeo, sino que lo fueron a buscar “al fin del mundo”.
Más allá de la jornada intensa e histórica, la
“fumata” negra de las 11:39, la lluvia y el frío, las miles de personas –en su
mayoría jóvenes- que esperaron por horas la elección de un Papa, la gaviota
posada durante una hora sobre la chimenea de la Capilla Sixtina, los
comentarios, la conmoción y el estupor. Más allá de todo eso, en mensaje está
en los gestos del nuevo Papa. Para nada casuales. Señales que deben leerse a
profundidad, para comprender la magnitud del pastor.
Al
asomarse al balcón central de la Basílica de San Pedro el nuevo pontífice se
presentó a la multitud vestido de blanco. Nada más. Prescindió del histórico
hábito coral. Dejó aparte el roquete, la muceta y la estola. Prefirió la
simpleza y eso a algunos les hizo fruncir el seño, preocupados por la tradición
litúrgica. Algo similar ocurrió con Juan Pablo II en 1979, cuando el maestro de
ceremonias se negaba a darle el micrófono. Él estaba empeñado en saludar a la
gente, pero le dijeron: “sólo la bendición, Su Santidad”. Finalmente se impuso
la voluntad de Karol Wojtyla, y el resto es historia.
Bergoglio sólo uso la estola papal, morada con
dorado, al momento de impartir la bendición en latín. Luego se la quitó, la
besó con devoción y se la entregó a Guido Marini, el maestro de ceremonias. Al
dirigir sus palabras pidió a la multitud que invocaran a Dios una bendición por
él. Pero no fue una frase hecha, realmente bajó la cabeza, el silencio cayó
sobre la Plaza de San Pedro y una oración muda se alzó al cielo. En su mensaje
dio su lugar a la diócesis de Roma, a su vicario y pidió comenzar el camino
“pueblo y pastor”. Y también mantuvo su cruz de madera, en vez de optar por un
crucifijo de oro. Todas estos detalles, que algunos llaman “bergogliadas”,
permitieron una conexión ideal entre el Papa y su pueblo.
Pero la señal más grande de este día histórico
estuvo en el anuncio del nombre del pastor: Francisco. El santo de Asís, que se
despojó de todo para servir a Dios, que llegó a arrodillarse ante el Papa y con
su ejemplo de vida reformó la Iglesia.

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