Hay dos modos de
hacer teología. Uno, espontáneo, que todos hacemos cuando nos preguntamos qué
pretende decir la Palabra de Dios que escuchamos en la liturgia, o cómo juzgar
cristianamente un determinado acontecimiento. La fe plantea preguntas, pide
acogida y se vive en circunstancias concretas. En este sentido todos los
creyentes que preguntamos, acogemos y vivimos la fe, hacemos teología. Hay otro
modo de hacer teología, más sistemático, más científico, con método, propio de
los estudiosos, de aquellos que buscan los nexos recíprocos entre los
diferentes aspectos de la fe, y el significado de los mismos. Esta tarea de los
teólogos sirve para que la Iglesia y los fieles profundicen en la fe y la
comprendan mejor; sirve para responder inteligentemente ante las dificultades
que a la fe le presenta la cultura ambiental y, por tanto, para exponer con
mayor pureza el mensaje cristiano.
Ocurre, a veces, que la tarea teológica,
absolutamente necesaria en la Iglesia, utiliza un instrumental que no todos
pueden comprender. Y suele ser grande la tentación de rechazar o de
menospreciar aquello que no se comprende o no se conoce. Este rechazo aparece
en frases de este estilo: “yo no necesito leer a este autor para saber que es
un hereje”. Evidentemente, para ser un buen cristiano no se necesita leer a un
determinado teólogo, pero para juzgar su teología sí. Ahora bien, un buen
acercamiento a una determinada teología no puede consistir en rastrear errores
o buscar herejías. Como muy bien dijo recientemente un conocido teólogo en la
introducción de su cristología “cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo
a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial sin la cual no hay
comprensión posible”.
Dicho de otro modo: para acercarse a una
determinada propuesta teológica se requiere, en primer lugar, comprender lo que
dice el autor. Y luego hacerlo desde una empatía crítica. Empatía para acercase
sin prejuicios, comprender los diagnósticos que el autor hace, así como la
propuesta teológica que formula y los matices que enfatiza; y todo ello con el
sano propósito de enriquecer el propio pensamiento. Pero esta empatía debe ser
también crítica. Esto significa capacidad de evaluar por sí mismo la validez de
lo propuesto. Nadie debe juzgar lo que no comprende. Muchas veces comprender
requiere tiempo, paciencia, esfuerzo, ascesis. No sería bueno que la teología
se convirtiera en entretenimiento o en religión-espectáculo.

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